Paula Fernández de Bobadilla

Gallito de marzo

«No lo sé, pero creo que ahora mismo tengo una aproximación al sentimiento religioso mucho más generosa, más humilde que la que tenía cuando era joven»

Opinión

Gallito de marzo
Foto: Francisco Ruiz-Cortina Aguado| Wikimedia Commons
Paula Fernández de Bobadilla

Paula Fernández de Bobadilla

Escribo para fijar las cosas que me llaman la atención y porque, como a R.L. Stevenson y Enrique García-Máiquez, me gusta enfocar el lado bueno de las cosas.

En la Cartuja de Jerez hay un patio enorme resguardado del viento y enlosado con unos gigantescos lingotes de piedra gris que se calientan con el sol de invierno y son perfectos para sentarse a merendar alguna tarde después de un largo día de colegio. Recojo a los niños y nos sentamos en el suelo, al solecito, con una cesta y un libro. No hay más visitantes pero una jardinera amable poda las buganvillas que están más al fondo. Las grajillas nos acompañan con su cháchara despreocupada mientras no terminan de decidirse y vuelan de la fachada de la iglesia a las jacarandas y de las jacarandas a la cubierta de la muy linda capilla de Santa María de los Caminantes, que queda a nuestra espalda. Es leer su nombre y entrarme unas ganas tremendas de venir un día cualquiera andando desde cualquier parte para descansar un rato entre sus muros blancos. Nos colamos un momento de todos modos porque los niños quieren encender unas velas. Las de aquí me encantan porque son finas y alargadas como un lápiz, y se quedan de pie cuando las clavamos sobre la arena de los soportes que hay frente al altar. Salimos al sol tan rico y nos instalamos en el patio.

Hace más de veinte años que no voy a misa por gusto y sospecho que van a pasar otros tantos, pero algo tienen las iglesias abiertas y vacías que me atrae sin remedio. Quizá sea que cada vez abren menos días y menos horas –o eso me parece a mí–. No sé qué busco cuando me siento en la penumbra de San Marcos, por ejemplo, ni por qué me tienta su silencio acogedor. Imagino que tiene que ver con lo que me impulsa a irme de casa cuando todavía es muy temprano y los niños duermen bien tapados en sus camas y me hace atravesar el patio de la Cartuja a oscuras, esta vez, y sentarme a ver rezar a las monjas de Belén. Oírlas cantar con sus voces frescas y sus hábitos blancos, acompañarlas un ratito de su día, es una de las mejores maneras de empezar el mío. Fuera se ha quedado la luna llena, que se desprende de su claridad difuminándola con alguna nube, y la silueta de un ciprés que se recorta tras el muro contra las sombras de la noche. Qué espero encontrar cuando empujo el pesado portón de madera con cuidado de no hacer ruido y se me van haciendo los ojos a la tenue pero cálida luz de la iglesia. No lo sé, pero creo que ahora mismo tengo una aproximación al sentimiento religioso mucho más generosa, más humilde que la que tenía cuando era joven. 

Es difícil educar, pero aún lo es más dar a tus hijos lo que no tienes, así que difícilmente voy a poder criar a mis hijos en la fe. Sin embargo, me entristecería que crecieran sintiendo que una iglesia es algo ajeno a ellos. Me gustaría que pudiesen entrar y salir de ellas con naturalidad, que pudiesen sentarse a descansar en uno de sus bancos sin otro objeto que estar. Y que, si terminasen por no creer, como le pasó a su madre, lo hagan con ojos limpios, que no miren la religión por encima del hombro. 

Recogemos la cesta y cierro el libro que les he estado leyendo mientras merendábamos, sin prisa. A la salida nos fijamos en el jazmín amarillo que trepa inmanejable por el muro del monasterio. Violeta se asoma al túnel de lentisco y sorprende a una abubilla que escarba afanosamente el polvo con su pico curvado. Le habré enseñado este pájaro doscientas veces, pero algo ha pasado hoy que lo está mirando como si fuera la primera vez. Le recito los nombres en catalán, en latín, en inglés. Se queda con el catalán y se aleja brincando hacia el coche muy feliz.

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