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Gana el nacionalismo, pierde Cataluña

Foto: ANDREA COMAS | Reuters

Este domingo trascendía la noticia de que Rosa María Sardà ha devuelto la Cruz de Sant Jordi, la máxima condecoración que otorga la Generalitat.

Como los verdaderos artistas, la catalana le debe poco o nada al poder público, y menos a un poder público que ha abandonado la neutralidad y excluye a los que no comulgan con su plan. Por eso, como remarcó durante la devolución, tampoco quiere que este poder le “dedique una esquela en los periódicos” tras su fallecimiento. No le deben nada.

El nacionalismo siempre piensa que mira por el bien de su país, pero lo que realmente consigue es expulsar el talento y erigir a los mediocres pero complacientes con el régimen. Eso explica que se opte por una corte de artistas e intelectuales orgánicos más conocidos por su independentismo militante que por su arte. Por una Isona Passola en lugar de una Isabel Coixet, por un Jaume Cabré o Marta Rojals antes de por un Javier Cercas o Eduardo Mendoza. Con ello el país se empobrece espiritualmente, porque niega a los ciudadanos el acceso al arte verdadero, que solo florece de la crítica y el pensamiento libre.

Ya no es sólo el bufón y controvertido Boadella que rechazó la insigne. También Sardà ha dicho basta. Una actriz más bien conciliadora, que nunca ha recurrido a la polémica para llamar la atención.

Los nacionalistas eligen siempre a los suyos. Las sociedades abiertas, en cambio, eligen a los mejores. Ya sea un Josep Guardiola en el banquillo o un Ferran Adrià en los fogones. Porque, de otro modo, gana el nacionalismo y pierde Cataluña.

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