Carme Chaparro

Gastad, gastad, malditos

Miles de personas haciendo cola ante una tienda de electrodomésticos puede parecer una imagen obscena.

Opinión

Gastad, gastad, malditos

Miles de personas haciendo cola ante una tienda de electrodomésticos puede parecer una imagen obscena.

Miles de personas haciendo cola ante una tienda de electrodomésticos puede parecer una imagen obscena. Más aún si esas personas llevan toda la madrugada pasando frío a la intemperie para comprar no un artículo de primera necesidad sino un televisor de cuarenta y dos pulgadas rebajado un veinte por ciento. Aún así son casi seiscientos euros del ala. ¡Qué vergüenza en los tiempos que corren!, se oye por ahí. Qué vergüenza cuando hay quien no tiene ni para comer.

¡Qué obsceno que haya lista de espera en restaurantes con cuentas por mesa más elevadas que el salario mínimo, que algunos se atrevan a lucir joyas y relojes de miles de euros, o que sigan circulando coches que cuestan el suelo de diez años de un trabajador medio! ¡Qué pornográfico que se luzcan en photocalls vestidos que darían de comer a una familia todo un año, que se suban a las redes sociales fotografías de viajes a exóticos y carísimos paraísos, o que alguien escriba un blog de productos de belleza que cuestan más cada uno que un carro de la compra lleno hasta los topes!

Muy bien. Critiquemos, insultemos, despreciemos. Pero, ¿dónde está mejor el dinero, en el banco o en circulación? ¿Guardadito en una caja o comprando cosas diseñadas, fabricadas, distribuidas y vendidas por personas que tienen trabajo gracias a esos “despilfarradores”?  En España, la industria del lujo mueve 4.000 millones de euros al año, lo mismo que suman las partidas presupuestarias de los ministerios de Justicia y Educación y Ciencia. Sumado a los bienes de alta gama, el lujo alcanzó el año pasado un volumen de ventas cercano a los 200.000 millones de euros, dando trabajo a 800.000 españoles.

Así que lo que de verdad es indecente, señores, no es en qué se gastan el dinero los que pueden gastárselo (démosles gracias porque lo hagan), sino la brecha, cada vez más profunda, que los separa del resto.
 

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