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El genio intraducible de 川谷 絵音

Foto: Malte Wingen | Unsplash

Según me informa el traductor simultáneo de Google Chrome, 川谷 絵音 significa Kawatani Enon. Es el nombre del cerebro detrás de Indigo la End y ゲスの極み乙女 (Gesu No Kiwami Otome, o ‘Niña en la apoteosis de la grosería’), dos de los más grandes descubrimientos musicales de mi vida. Y la razón por la que este cínico exiliado, mal acostumbrado al tosco sonido del clavecín y la taciturnidad del jazz, ha vuelto a cantar caminando por la calle, tocando esa batería invisible que no percutía desde los quince años. Todo gracias a estar a las dos de la mañana explorando entre canales de Youtube de japoneses, haciendo voyeurismo con mi traductor de Chrome.

Como es sabido entre melómanos y bibliófilos, ‘descubrir joyas’ es uno de los más grandes placeres de la vida intelectual. Despierta simultáneamente al chismoso cosmo y al cazador primitivo que tenemos dentro. Es algo verdaderamente adictivo. Lo cierto es que Kawatani Enon es, quizás, el más logrado de los que he hecho nunca. Recuerdo el momento exacto en que escuché la primera canción: no sabía qué carrizo estaba cantando, ni de qué iba, si era de amor o desamor, de conquista o de venganza, sobre una cadera o un edificio, pero ahí estaba yo, inventándome las sílabas para cantarla. Tarareando como los niños que aún no hablan inglés. Consciente de tener entre manos algo realmente brillante, digno de ser enseñado con toda licencia de soberbia, como los cromos resplandecientes que se codician en todos los recreos del mundo en época de mundial.

El genio de Kawatani es ofrecer un rock que es popero y progresivo a la vez, que satisface al más gruñón oído musical y al más melodramático adolescente. Una dualidad que pareciera bifurcarse en sus dos bandas: Indigo La End para el gritón, Gesu No Kiwami Otome para el que pide las credenciales de conservatorio. Bandas que tienen una constante correspondencia entre sí, logrando que ninguna de las dos tire demasiado para su lado: toda canción es cantable, toda línea instrumental es experta. Pero bandas que a su vez inventan algo nuevo: que son vanguardia en el sentido más estricto de la palabra.

Como hasta la fecha no sé de qué va sinceramente ninguna de las canciones, mi apreciación es meramente arqueológica. Pero no hace falta entender qué significa cada palabra para saber que uno está ante una nueva trova. Que esa constante coincidencia de una línea percusiva rabiosa, una instrumentalización polifónica y virtuosa y un canto de mucho sentimiento y muchas sílabas representa un gran avance musical. Un logro planetario. Un magistral paso hacia adelante en la música de nuestra generación. Que hay algo genial y profundamente japonés en todo esto: una velocidad que recuerda a videojuegos tipo Crazy Taxi, unos colores que sintonizan con las luces del Tokyo postmoderno, una sentimentalidad que es de lector de mangas, una experticia que es un buen corte de sashimi, una potencia que pega en el estómago como un buen caldo de ramen.

He hecho una lista de Spotify para compartir con ustedes once canciones que pueden valer de abreboca. Aquí está. Espero que les guste… (Si alguien, por cierto, sabe de qué van, avíseme, por favor).

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