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George H. W. Bush, el viejo nuevo orden mundial

Foto: GARY CAMERON | Reuters

Ha muerto George H. W. Bush. Es el último presidente que sirvió en la II Guerra Mundial, a la que dedicaron parte de sus años todos sus antecesores desde Dwight D. Eisenhower. Con él se va toda una generación y una forma de entender el papel de los Estados Unidos en el mundo.

Pese a su fulgurante carrera en la Administración (fue director de la CIA, entre otras cosas), no estaba llamado a ser presidente. Tenía evidentes problemas con la expresión oral, y una cierta altanería que le alejaba de la gente. Pero formó pareja electoral con el mejor presidente de las últimas décadas, Ronald Reagan, y eso le permitió presentarse como candidato republicano y obtener una sonada victoria. No repitió ese éxito.

Le arruinó su política en casa. “Leed mis labios, no subiré los impuestos”. Y los subió. Debió de ser el último político al que le echaron por incumplir sus promesas. Fue, desde luego, el último presidente de los Estados Unidos en recibir un castigo así.

Pero brilló en política exterior. Gestionó la crisis provocada por la represión en Tiananmen con mucha mano izquierda. Y, sobre todo, gestionó el desplome del bloque soviético, el mayor de los éxitos de la era Reagan-Bush, con maestría. Estuvo siempre entre la indecisión y la cautela, en un terreno que más puede definirse como una actitud paciente pero informada. Quizás ese sentido le acabó traicionando al final de la Guerra de Irak, visto cómo evolucionó todo. Como vicepresidente había visitado 65 países. No había tierra incógnita para él. Y cuando propuso un Nuevo Orden Mundial basado en la democracia y el libre mercado, sabía de qué hablaba. Descanse en paz.

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