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Ginny y Martha

Foto: Harriet Crawley | EFE/SHIDDARTH MEHTA EDIC.

Virginia Cowles llegó a Madrid en 1937, una semana después de la batalla de Guadalajara, con tres vestidos de lana y una chaqueta de pieles en la maleta. Apenas tenía 26 años, pero ya se habría labrado una buena reputación como reportera por la entrevista que le hizo a Mussolini una semana antes de la invitación italiana de Abisinia. El primer día que atravesó la Gran Vía vestía de negro, con joyas de oro y tacones altos. Era una mujer elegante, igual que Martha Gellhorn, dos años mayor, a quien conoció en Madrid.

“Con Ginny, fuimos [y vimos] unos soberbios zorros plateados y me volví loca por tenerlos… —escribió Gellhorn—. A las tres, un proyectil rebotó contra la Telefónica y mató a cinco mujeres que había en la Gran Vía… A casa, después de una amarga sesión con el zapatero. No me explico cómo han podido quedar así esos zapatos, como cañoneras para una mujer embarazada con los pies zopos…”.

De todos los corresponsales extranjeros que cubrieron la Guerra Civil española, pocos la escribieron tan bien como esas dos reporteras estadounidenses. Los artículos de Cowles, que cubrió el conflicto desde ambos bandos, eran más analíticos y redondos que los de su colega. A menudo trabajaban juntas: “Visitábamos cárceles y hospitales, donde recopilábamos datos y entrevistábamos a funcionarios”. Gellhorn prestaba más atención al “sonido, al olor, las palabras y los gestos exactos”, según sus propias palabras.

Al terminar la guerra española volvieron a coincidir en Inglaterra, y recorrieron el norte del país. “Dondequiera que se detuviesen –aldeas, ayuntamientos, bares, salas de té, restaurantes de puertos, granjas y bibliotecas— escogían gente al azar y les preguntaban qué les parecía la posibilidad de que hubiese una guerra —escribe Caroline Moorehead, biógrafa de Martha—. En su autobiografía, escrita muchos años después, lo que mejor recordaba Virginia Cowles de aquel viaje eran las arengas de Martha a unas personas totalmente desconocidas acerca de los males que implicaba Hitler y de la irresponsabilidad del apaciguamiento”.

Ambas se pasaron toda la guerra viajando por Europa. Cowles estuvo en Berlín durante la invasión de Polonia, en Finlandia cuando entraron los soviéticos o en París bajo el control nazi. Volvieron a verse en 1945 en Londres, una ciudad con graves problemas de desabastecimiento y que se recuperaba de un invierno durísimo. En las tres semanas que pasaron juntas, para superar los problemas económicos que atravesaban, decidieron escribir una comedia sobre sus experiencias como reporteras de guerra. Esperaban que la obra teatral las hiciera ricas.

‘Love Goes to Press’ (Amor entre periodistas) fue un éxito en Inglaterra. Cowles y Gellhorn habían escrito la comedia entre bromas, sin tener la más mínima idea de cómo hacerlo. Cada una de ellas escribió una parte, caricaturizándose a sí mismas, y luego ajustaron las dos versiones en el montaje final. Al público londinense le hizo mucha gracia la vanidad y pomposidad con que retrataban a sus colegas masculinos. Las dos autoras ya se veían triunfando en Hollywood. Pero al llegar a Nueva York resultó un fracaso absoluto. ‘Love Goes to Press’ era, a ojos de los críticos de Broadway, “una pequeña comedia combativa y dispersa, una obra tan débil como hacía mucho tiempo que no recibíamos del West End”. Solo hubo cinco funciones y apenas ganaron 30 libras esterlinas cada una. Cowles le propuso a Gellhorn escribir una segunda obra, pero Martha lo rechazó.

Acabada la guerra, Cowles dejó de viajar a zonas de conflicto. Se casó con un político británico, con quien tuvo tres hijos, y se aburguesó, aunque no dejó de escribir. Sus libros sobre las sagas de los Romanov, los Rothschild o los Astor se vendieron muy bien. Gellhorn siguió trabajando como reportera, ya fuera en la guerra de Vietnam, en la Guerra de los Seis Días o en los Estados Unidos de la depresión. Ya anciana, cuando no podía viajar, le gustaba recibir en su casa a sus “amigotes”, jóvenes de 20 y 30 años relacionados con el mundo de la escritura a quienes le pedía que le contaran sus aventuras. Le aterraba aburrirse.

Para entonces, su vieja amiga Virginia, con quien tanto se había divertido, le parecía una mujer monótona, demasiado preocupada por la educación de sus hijos. “Pobre de mí —decía. Echo en falta los lugares y añoro a la gente adorada, perdida y loca”. 

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