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Gólgota

"Si ya resulta intolerable que la basílica del Valle sirviese de mausoleo a un dictador, todavía lo es más que en sus columbarios se apiñen decenas de miles de cadáveres, muchos de ellos sin identificar"

Cosas veredes… La escena de los cuatro viejos nostálgicos –como los llaman en la tele– armando la berrea a la Guardia Civil en el Valle de los Caídos me ha recordado una escena que presencié en Ferrol siendo adolescente, una noche calurosa cuando volvía de la playa de Valdoviño. Jovencitos con chándal, litrona y estreleira cantaban La Internacional a voz en grito, al tiempo que varias ancianas salmodiaban tristes letanías con la voz quebrada. ¡Fue un santo, un santo!, bramaba una, fijos los ojos llenos de lágrimas en la estatua ecuestre de Franco, que una enorme grúa comenzaba a retirar. Al día siguiente algunos comentaban el episodio, pero nadie echaba de menos la efigie, que para colmo llevaba años pintarrajeada de rosa chillón.

Cosa bien distinta es lo de Cuelgamuros. ¿A quién se le pudo ocurrir levantar un Gólgota en plena Sierra de Guadarrama? Se dijo que la inspiración le vino a Franco en una suerte de sueño visionario. ¿Por qué no? Edificar un santuario en la Montaña Sagrada solo puede ocurrírsele a quien cree haber acometido una cruzada. Cierto es que tiempo atrás se había propuesto construir un mausoleo en el Moncayo, con la rotunda cabeza de Joaquín Costa en la cima, al modo del Monte Rushmore (proyecto que, afortunadamente, no se llevó a término) y el arquitecto Teodoro Anasagasti había fundado la denominada “orogenia arquitectónica”, que propugnaba una fusión casi wagneriana de arquitectura y naturaleza; para más inri, Friedrich ya había pintado su Cruz en el mar Báltico un siglo antes 

Sea como fuere, el enorme catafalco es la prosopopeya del imperio en la serena geometría, por decirlo con el verso de Pemán. Contemplándolo se me viene a las mientes el lema de los Cartujos: stat crux dum volvitur orbis. El tornadizo mundo gira y gira, errando y trastabillándose, perdiendo en ocasiones el oremus, y lo único que se mantiene estable es esa cruz imposible.

Cuentan que al descubrir la tétrica primera versión de la Piedad de Juan de Ávalos, Franco se sobresaltó y dijo, señalando la figura de la Virgen: ¡si parece un murciélago! Acaso el Valle devolvía a Calibán su propia imagen: una estampa vesánica y colosal, de una altanería desproporcionada, que podría haber surgido tanto de una visión profética como de una pesadilla.

Si ya resulta intolerable que la basílica del Valle sirviese de mausoleo a un dictador, todavía lo es más que en sus columbarios se apiñen decenas de miles de cadáveres, muchos de ellos sin identificar. Recuérdese lo evidente: no existe un vivo sin aquellos que lo han precedido. Por eso decía Chesterton que la tradición es la democracia de los muertos. Y los muertos no son restos de huesos y polvo -eso son los restos del cuerpo del muerto- sino parte constitutiva de los vivos. Despachar la cuestión de Cuelgamuros con la exhumación de Franco sería actuar como el sepulturero de Hamlet, que canturreaba alegres tonadillas mientras cavaba una fosa. Muéstrese, por dignidad, un mínimo respeto.

En Ferrol –entre otras cosas, cuna del malhadado dictador– siempre me dicen que haga las cosas con xeito, que es hacerlas con maña y con gracia, con arte y con elegancia, sin caer en la trapallada. No es fácil. En las novelas de Landero siempre hay quien encienda un cigarro, afile un cuchillo o maneje la tricotosa con jeito, lusismo que, supongo, llegaría a su Alburquerque natal después de franquear la frontera portuguesa. Es lo mismo. De hacer las cosas con cabeza y corazón, en resumidas cuentas, se trata. Ténganlo en cuenta quienes gobiernan.

En este vídeo, tienes a Jorge Freire presentando una nueva editorial, Aurora Dorada, y los libros con los que se estrena.

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