José Carlos Rodríguez

Gramsci y el misal de Podemos

Benditos sean los aniversarios, pues ellos nos permiten coser recordar el pasado, e incluso coserlo con la más fulgurante actualidad. Así, las ocho décadas de la muerte de Antonio Gramsci, aunque no sea un guarismo muy redondo, nos cuadra con el fenómeno Podemos, que tanto debe a este cadáver enterrador del marxismo.

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Gramsci y el misal de Podemos
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José Carlos Rodríguez

José Carlos Rodríguez

Elegí vivir de contar lo que acaece. De todas las ideas sobre cómo debemos convivir, la libertad no me parece la peor.

Benditos sean los aniversarios, pues ellos nos permiten coser recordar el pasado, e incluso coserlo con la más fulgurante actualidad. Así, las ocho décadas de la muerte de Antonio Gramsci, aunque no sea un guarismo muy redondo, nos cuadra con el fenómeno Podemos, que tanto debe a este cadáver enterrador del marxismo.

Los aniversarios, no obstante, también son una ocasión para la memoria hemipléjica. La que recuerda que fundó el Partido Comunista Italiano, pero no que antes había sido uno de los líderes dentro de los “Mussiliniani” del Partido Socialista. La que denuncia que su antiguo ídolo le encarceló, pero no que fue “por incitar a la guerra civil conspirando con una potencia extranjera”, como resume eficazmente Antonio Escohotado en su historia del comunismo.

Gramsci, es cierto, tiene una actualidad radiante. Sus escritos, compuestos en gran parte en la cárcel del gobierno de Mussolini, se publicaron después de terminada la II Guerra Mundial, y sólo se tradujeron al idioma actual del pensamiento, el inglés, en los setenta. Fue un maná providencial para una izquierda desencantada con el mecanicismo marxista, y una rica fuente de herramientas para luchar contra la libertad de todos.

Este delegado del PCI ante Moscú se planteaba qué frenos había en su país, o en otras sociedades avanzadas, para que la revolución no hubiese triunfado la revolución. El materialismo de Marx, más mecanicista que científico, preveía que eran las economías más avanzadas las que antes harían saltar al capitalismo por los aires. Sus restos serían el abono de un floreciente socialismo. De nuevo, ¿por qué la historia no le dio la razón a Marx?

La respuesta es muy sencilla: Marx no tenía razón. Gramsci lo explica dando un interesante rodeo intelectual: Hay una correlación de fuerzas cultural que refleja ese poder económico, y lo refuerza. Una “hegemonía cultural” que empecía el funcionamiento de los engranajes de la maquinaria revolucionaria marxista. Cabía, entonces, realizar una labor de lucha cultural, ideológica, que estableciese una nueva hegemonía política de izquierdas. Es una idea liberadora, porque otorgaba a los movimientos comunistas de nuevos objetivos e instrumentos. Por fin podían hacer política y no esperar a que se llegasen las famosas contradicciones del capitalismo, que aún estamos por ver. Ahora bien, el único intérprete de esa batalla cultural es el partido.

Gramsci ha escrito el misal de Podemos. Su llamada a ocupar todos los espacios sociales y de comunicación ha sido recogida por Pablo y su banda, y es lo que explica que hablen tanto de (sus) movimientos sociales, que ocupen la mitad de las pantallas de televisión, y que creen radios y televisiones. Gramsci les ha puesto a trabajar.

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