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Granada

Foto: Francisco Seco | AP

Hace cinco años, tras los pésimos resultados cosechados por su partido en las últimas elecciones europeas, Alfredo Pérez Rubalcaba tomó una decisión. Por primera vez en tres décadas los nuevos tiempos ya no serían como habían sido los suyos. No dimitía pero asumía que debía dejar paso. Activaba así el proceso de su sucesión como secretario general para preservar, y tratar de orientar, la nueva estabilidad del PSOE. El día después, el 26 de mayo, la Comisión Ejecutiva Federal se reunió y Rubalcaba anunció un Congreso Extraordinario para mediados del mes de julio. Allí se elegiría al nuevo secretario general de un partido que ha sido instrumento clave del desarrollo democratizador del Estado de 1978. Un PSOE que estaba en fase declinante desde mayo de 2010 y que, en un momento europeo de colapso de la socialdemocracia, debía reubicarse para ser operativo en tiempos nuevos: los de la asunción del resquebrajamiento del bipartidismo imperfecto y del multipartidismo complejo como única alternativa factible para gobernar no solo en el corto plazo electoralista.

Pocos días después, en un momento de cuestionamiento considerable del orden vigente, Juan Carlos I anunciaba su abdicación. Debía activarse también otro proceso de sucesión. El de la Jefatura de aquel Estado refundado en 1978 para dejar de ser una dictadura autoritaria y acabarse de mutar en monarquía parlamentaria. De eso hace solo cinco años.

Entre aquellas elecciones europeas y el Congreso Extraordinario en el que saldría elegido Pedro Sánchez, se celebró el debate parlamentario sobre el proyecto de ley orgánica de abdicación del Rey. Durante estas jornadas de luto el papel desempeñado por Rubalcaba en esa sesión y en dicho proceso de sucesión ha sido puesto en valor reiteradamente. Son fáciles de rescatar las cuatro páginas y media de su intervención del 11 de junio en el Parlamento. “Una pieza memorable que explica el papel fundamental del PSOE en la arquitectura del Estado español”, escribía el viernes Juliana. Ese día Rubalcaba intervino en el Pleno asumiendo a conciencia el reto del momento, que también era el de su auténtica despedida. “El pleno que estamos celebrando hoy aquí es un acto de una enorme trascendencia histórica y también política”. Y, tras hablar del compromiso del PSOE con el consenso transicional, enumeró las profundas crisis por las que estaba siendo cuestionado el orden normalizado del Estado. “Tres crisis que exigen cambios, cambios constitucionales”. No cuatro, como defiende la profesora Anna Bosco, sino tres: la crisis social, como consecuencia de la crisis económica; la crisis política, que entre otras cosas había motivado la abdicación y que luego explicaría la moción de censura; y, naturalmente, la crisis territorial, la que desde entonces más ha empeorado de las tres.

En aquellos años críticos, ya fuera en el gobierno o en la oposición, Rubalcaba —político realista y por tanto responsable— se comprometió con mayor o menor fortuna en la resolución de dichas crisis para que el Estado se consolidase perfeccionándose. Su propuesta de encauzamiento, propia de un socialista liberal, era reformista. “Reformas, con consenso, pero reformas al fin y al cabo”, afirmó ese día, “reformas, en fin para abordar nuestros problemas territoriales, el funcionamiento de nuestro Estado Autonómico y hacerlo en una dirección federal”. Aquella era la dirección que él, en tanto que secretario general del PSOE, propuso a través de la trabajada Declaración de Granada. No digo que la fórmula de Granada, que se dio a conocer en julio de 2013, sea una buena o mala. Pero estoy convencido que ha sido la única constructiva elaborada y defendida por un actor clave del Estado de 1978. El resto de poderes actuando desde la Administración Central, cuando no han contemporizado o transferido sus responsabilidades a la Justicia, han optado por vías destructivas. Y el precio de la no resolución sigue siendo el del desgaste de ese Estado. Rubalcaba, desde su posición, se enfrentó al reto. Lo intentó. Porque altas son las torres y el valor, al fin, deberá ser también alto.

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