María José Fuenteálamo

Guardar la ausencia

«Que no lapiden a nuestras mujeres por una vieja expresión bien merece una cruzada común. Con todos los hombres y todas las mujeres del lado de la libertad»

Opinión

Guardar la ausencia
Foto: Ramón de la Rocha
María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo

María José Fuenteálamo (Albacete, 1980) es periodista. Tras trabajar en Bruselas y Euronews (Francia), ha pasado por El Mundo y EsRadio y colabora en El Español. ¿Un lema? Nunca se lee suficiente poesía ni se va a demasiadas fiestas.

La expresión ‘guardar la ausencia’, hoy en desuso, se dejaba caer sobre las mujeres para recordarles que no debían salir de fiesta, de ocio, cuando sus novios o maridos estaban, por ejemplo, de viaje. Vamos, que nada de disfrutar sin él. Yo la escuché ya de adulta. No sirvió para moldearme, pero no me evitó el escalofrío. Incluso hoy, cuando sé qué está apolillada, me sigue cruzando algo por la espalda. Eso de coartar la libertad con una expresión tan dulce es de una crueldad muy elegante. Muy a lo Sección Femenina. Como la «doma» de cuidar al marido, los hijos y la casa que recibían las mujeres que decía doña Emilia Pardo Bazán. Lejos de olvidarla, sin embargo, deberíamos recordar estas expresiones, como la de ser una mujer de su casa, para saber de dónde venimos. En el estudio de nuestra historia encontraremos nuestras raíces. Y las raíces de nuestros problemas.

Véase la dificultad de algunos hombres en aceptar de forma pacífica la ausencia de la mujer. Su marcha. Que sea capaz de abandonarlos les resulta incomprensible. Y, por lo tanto, inasumible. Porque nuestras raíces grecorromanas, nuestro pasado judeocristiano, así nos lo ha grabado. A todos. Era un deshonor para el hombre ser abandonado por un inferior. Claro que hemos avanzado, faltaría más. Pero el poso está ahí y cuando se mezcla con la maldad a algunos es capaz de enloquecerlos hasta convertirlos en asesinos. De sus mujeres. De sus hijos y de sí mismos.
España está estos días con las tripas revueltas por Tenerife y una oleada de asesinatos machistas. Y más allá de la conmoción, necesitamos remangarnos ya, todos, de una vez.

Porque ésta es una batalla interior contra unos cimientos mal puestos. Los hay que niegan que esto es machismo. Si no son capaces de verlo por el método inductivo, véanlo por el deductivo. Piensen en cuantas mujeres hoy, en sus casas, no se atreven en dar el paso de romper con su pareja por miedo a lo que éste pueda hacerles a ellas mismas o a sus hijos.  Porque temen una respuesta violenta anclada en ese pensamiento patriarcal tan ¿antiguo? -hasta 1981 en este país una mujer no podía trabajar sin el permiso del marido o abrir una cuenta bancaria sola- de que el hombre es el dueño. Y la mujer, un objeto. Ese que aún hoy reproducen los chistes de estereotipos patriarcales.

En ese reírse de tamaños, formas y cuernos, pero solo de un lado, está el pilar básico que hace enloquecer a algunos hombres: el poso del honor. El honor que mancilla la mujer al irse. El tú a mí no me dejas. O te mato. O no vuelves a ver a tus hijos.

Decía el poeta francés Paul Valèry que «la educación profunda consiste en deshacer la educación primera». Y el gran proverbio africano reza que para educar a un niño hace falta toda la tribu. De modo que para reeducar a un pueblo hace falta toda la sociedad. Y, por eso, no sobra nadie en esta batalla.

Necesitamos a la derecha y a la izquierda. Y a la extrema derecha y a la extrema izquierda. Necesitamos a la RAE. Necesitamos a los señoros. Y a las señoras. Necesitamos a los que están en contra del indulto a los presos del procès. Y a los que están a favor. Necesitamos a los coles públicos y a los privados y a los concertados. Necesitamos a los que se aferran a las denuncias falsas -las hay en todos los delitos y no se ponen en duda-. Y a los que defienden la cadena perpetua – ¿a quién se la aplicamos cuando el 30% de los asesinos machistas se suicidan? -. Necesitamos al Ministerio de Igualdad. Necesitamos dejar de ver con normalidad los prostíbulos. Necesitamos, si me apuran, una ‘Sección Masculina’.

Y necesitamos a las iglesias. Venerando en los púlpitos a una Virgen de la Igualdad. Sacándola en procesión por todas nuestras calles. Si Jesús, un solo hombre adulto, murió voluntariamente por salvarnos, que las vidas arrebatadas a dos niñas indefensas nos sirvan también para salvar a muchos más.

Necesitamos a las grandes empresas, las que dan formación a todas horas sobre cómo ser más productivos, cómo usar mejor la tecnología o cómo vender este o aquel producto. Hay que formar en igualdad en todos los poros de la sociedad.

Si no queremos más hijos ni mujeres asesinadas tenemos que evitar tener asesinos. Que también son hijos de nuestra sociedad actual, aunque no hayan asumido que el ‘guardar la ausencia’ es de otra época. Que no lapiden a nuestras mujeres por una vieja expresión bien merece una cruzada común. Con todos los hombres y todas las mujeres del lado de la libertad.

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