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Guardián de mi hermano

“Adán y Eva tuvieron dos hijos, Caín y Abel. Así comienza la historia de la humanidad”, escribe  Carl Schmitt, que no consideró necesario añadir que Abel murió sin descendencia y, en consecuencia, todos somos hijos de Caín. 

Con las manos manchadas de la sangre de su hermano, nuestro padre Caín intentó ocultarse de Dios y anduvo vagando de un lugar a otro hasta que, agotado, se detuvo y fundó una ciudad, la primera. Dicen que puso este letrero en su puerta de entrada: “Prohibido el paso a Dios”.

¿Pero de dónde procedían los habitantes de esta ciudad? En 1655, Isaac La Peyre, judío francés convertido al catolicismo, propuso la hipótesis de los preadamitas, que está en el origen del poligenismo defendido por el Ku Klux Klan: Dios habría creado diferentes razas de manera aislada. Todos, entonces, tenemos padres desconocidos… Y hermanos.

Herman Göring tuvo un hermano, Albert, al que puso al frente de una fábrica de armamento en Checoslovaquia. Albert prohibió en ella el saludo nazi, produjo armamento defectuoso, ayudó a la resistencia checa y usó su apellido para liberar a judíos de los campos de concentración de Dachau y Theresienstadt. Cuando se rindió Alemania, se entregó a los americanos, que lo encarcelaron junto a su hermano porque les costaba aceptar que hubiera un Göring bueno. En las actas de su interrogatorio leemos lo siguiente: “El de Albert Göring es uno de los intentos por salvar el honor y lavarse las manos más banal que nunca se haya oído, su falta de finura es comparable con la masa corporal de su grasiento hermano”.

Los americanos decidieron entregarlo a los checos. Fue condenado y sólo fue puesto en libertad después de elaborar una minuciosa lista de las personas a las que había salvado la vida. Una vez en la calle, descubrió que se hallaba en la más completa pobreza. Los bienes de su familia habían sido embargados y su apellido le cerraba cualquier posibilidad de trabajo. Sobrevivió gracias a la comida que le enviaban sus amigos judíos. Se suicidó en 1966.

Actualmente el Estado de Israel tiene inscrito su nombre en el memorial del Holocausto donde figura como “Justo entre las naciones”.

Albert hablaba raramente de Hermann, pero una vez confesó: “Como hermanos nos queríamos.”

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