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Habana sin

Beber, bailar y follar son los tres únicos talleres en los que uno puede inscribirse en Cuba sin notar el aliento de la Revolución. Vicios como la lectura, el cine o la escritura, en cambio, suelen desembocar en un callejón sin salida. Tras la muerte de Fidel, las autoridades decretaron 9 días de duelo, que se tradujeron en la prohibición del alcohol y la música, preámbulos del sexo (a menudo incluso condiciones, tan o más respetables que Tinder o Pure). El castrismo no entró a saco en las alcobas, cierto, pero a más de una le restó acepciones; del mismo modo que no se inmiscuyó en los frigoríficos sino en la mercancía con que no debían llenarse. En lo que respecta a la semántica, el trampantojo es a las dictaduras lo que el eufemismo a las democracias.

La mansedumbre con que la población acató la consigna resultó conmovedora, máxime teniendo en cuenta el alto porcentaje de bailadores sociales que registran algunos barrios de La Habana. Mi propensión al morbo me llevó a pensar que en tales circunstancias habría un estallido social; que el régimen, en fin, pagaría muy cara esa delectación en el rigor. (El dia de Sant Jaume / de l’any trenta-cinc / hi va haver gran broma / dintre del torín; / van sortir set toros / tots van ser dolents / això va ser la causa / de cremar els convents). Tan obvio me parecía que llegué a plantearme si la ley seca no habría sido idea de un gusano infiltrado en el Gobierno. O era la abstinencia del mojito, ay, que empezaba a producir monstruos.

El domingo vencía la ley seca. Cuando menos, la notificación del Consejo de Estado dictaminaba que a las 12 del mediodía concluía el luto. A esa hora, sin embargo, ningún establecimiento de La Habana dispensaba aún bebidas alcohólicas. Ésta era la respuesta más común entre los empleados: “Aún no hemos recibido la orden”.

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