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Opiniones libres de algoritmos

Opiniones libres de algoritmos

Hacia abajo

Foto: Marten Bjork | Unsplash

En las librerías hay estantes copados por un renovado género: el terror politológico. Cómo mueren las democracias, La edad de la ira, La gran degeneración, El pueblo contra la democracia, Fascismo… y me temo que a los autores de estos libros no les falta razón en el análisis. A pesar de que cualquier tiempo pasado nos parece mejor, la erosión de las virtudes cívicas y el auge de opciones populistas son hoy una realidad a la que deberíamos atender. La consciencia es la antesala del compromiso individual. Y es que, entre las soluciones que se proponen, hay una que depende únicamente de cada uno de nosotros. Es una de las lecciones de Timothy Snyder en su obra titulada, cómo no, Sobre la tiranía (Ed. Galaxia Gutenberg). “Haz un esfuerzo por distanciarte de Internet. Lee libros”.

En esta línea encontramos a otro de nuestros autores, Jaron Lanier, quien fuera uno de los pioneros de la realidad virtual, y cuyos libros merecen ser leídos si queremos entender qué nos pasa. Todos ellos son una documentada advertencia sobre cómo Internet está sacando lo peor de nosotros, ya que “las redes sociales tienen sesgos, no hacia izquierda o derecha, sino hacia abajo”. Así, entre sus Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato (Ed. Debate), podemos destacar que estas nos vuelven idiotas e infelices, socaban la verdad y hacen imposible la política.

Las redes incentivan las emociones adversativas. El miedo, la humillación y el odio son fáciles de propagar a través de ellas. Cualquier grito de indignación sobre una base falsa tiene más retuits que su desmentido o que la más brillante reflexión, aunque esta se circunscriba a los 140 caracteres. Por tanto, los incentivos son claros: la exageración llama la atención y proporciona el aplauso de los propios. Estos crean adicción y, de este modo, uno se tiene que mostrar cada vez más y más rabioso contra alguien o algo si quiere mantener su insustancial fama. Es la dictadura del zasca exprés y del desahogo contraproducente.

Estas dinámicas tienen su impacto nihilista a nivel colectivo. Se vota más que nunca a la contra. La ruptura no es ya ideológica, sino moral. Se percibe al otro como una amenaza para lo que somos y, de esta manera, se socava la confianza necesaria para el buen funcionamiento de las democracias. Las tribus se encierran en sí mismas -los referentes compartidos se evaporan-, y, con todo, el narcicismo de la pequeña diferencia no desaparece. Se siguen buscando enemigos a batir, cada vez más cerca, y cualquier matiz, por sutil que sea, genera otro eje de conflicto.

Los separatistas catalanes parecen un claro ejemplo. Empiezan a odiarse entre sí como antaño se odiaban las diferentes sectas marxistas. Este caso nos podría parecer positivo si no fuera porque la fragmentación lleva fácilmente a la radicalización, a vivir fuera de la realidad, y porque, lamentablemente, el constitucionalismo también anda dividido. Aquella unidad mostrada en un par de plenos del Parlament fueron el sueño de una noche de verano del que despertamos con una moción de censura en el Congreso.

Mirarse a los ojos y hablar civilizadamente se está convirtiendo en una utopía y, sin embargo, en todas las esquinas surgen voces que exigen más pureza, más odio. Mucha nueva política es desagradablemente vieja. Ni reconstruirán la confianza, ni salvarán la democracia, porque sus dinámicas son las de las redes sociales: siempre hacia abajo, hacia las peores pasiones, hacia las vísceras. En fin, quizá todo este artículo solo sea una simple hipérbole diseñada para ser compartida en Twitter. Ojalá.

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