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Haga por mí un experimento

Foto: Josh Applegate | Unsplash

Haga por mí un experimento. Pregúntele a un niño, su hijo, su sobrino, su vecinito, qué es el amor. A poco que sea como uno de mis hijos dirá: es eso que siento por mis papás y que me hace que quiera que me abracen todo el rato, es eso que sienten por mí y que les hace besarme y darme lo que les pido. Un niño tendrá muy claro qué es el amor si lo han criado en el amor. Después, pregúntele al niño qué es la literatura y a pesar de que llevará varios años dando la asignatura de lengua y literatura en el colegio, no será capaz de decir más que algo así como: no lo sé decir con palabras o es lo que está en los libros.

Lengua y literatura. Estudio lengua y literatura con mi hijo de 11 años para un examen. Todo son largas listas ya conocidas de otros años, cosas como el lexema y el morfema, femenino singular, los grados del adjetivo, análisis sintácticos, análisis morfológicos, ejercicios en plan crucigrama, lenguajes crípticos para una mente inquisitiva e infantil. Insisto, la asignatura se llama “Lengua y literatura” y me pasa como cuando era pequeña, que todo era lengua pero nunca llegábamos a la parte que llamaban “literatura” y que yo intuía llena de vida, frases interesantes, comprensibles e historias para poder echar a volar la imaginación. Mientras ayudo a mi hijo con su examen, leo una página donde al fin les hablan de algo relacionado con literatura. Son definiciones. Definiciones que deben aprender. Toda la literatura que se menciona en la página de apuntes es que el cuento es corto, de estructura sencilla “con presentación, nudo y desenlace” y con pocas descripciones, luego se dice que la fábula es un cuento moral con animales y que la narrativa es un texto más largo que el cuento, con descripciones que crean personajes y ambientes usando recursos literarios como la metáfora, la hipérbole y la personificación. Esto mismo llevan dos años diciéndoselo, pero siguen sin llegar al comentario de texto, a la lectura, a los ejemplos con enjundia. En los apuntes se explica muy brevemente lo que son los recursos literarios. Se enumeran en una lista, con el sempiterno ejemplo de metáfora “los dientes eran perlas” y me dan unas ganas terribles de hacerme profesora de literatura para rescatar de su sufrimiento a los hambrientos y torturados niños de primaria. ¿Recuerda lo que le respondió el niño cuando le preguntó qué es el amor? Imagino que no sería algo así:

1. Es un sentimiento universal

2. Lo siente casi todo el mundo

3. Sirve para crear nexos entre los humanos y que se quieran reproducir, cuidar y ayudar

 

4. Ayuda, por tanto, a mantener viva una estructura social

Y sin embargo, así sería el amor si se hablara de él en una asignatura de primaria porque en los libros de texto todo se disecciona, se enumera en lenguaje pseudocientífico, se aparta de la emoción y de la realidad humana. Contra estos áridos sinsentidos y las inútiles definiciones que ningún niño se aprende y estos listados, se dan de cabeza muchos maestros. Los mejores, saben convertir la clase en una delicia, los acomodaticios, repiten lo del lexema una y otra vez, curso tras curso, frustrados y frustrantes, deshaciendo en el futuro que nunca llega algo  tan dulce y cálido como la literatura.

¿Y qué es la literatura? Le pregunté a mi hijo. ¿Sabes eso? ¿Lo sabes? El niño que podía describirme cincuenta maneras de amar, no sabe por qué es diferente una novela a un cuento, aunque una sea mucho más larga. A fin de cuentas, las novelas infantiles que les dan a leer no suelen tener textos muy hiperbólicos o muy metafóricos. Son cuentos de cien páginas, donde suceden cosas de cuento a personajes no demasiado complejos, como los de los cuentos. ¿Qué es una novela, entonces? ¿Solo algo que se tarda más en leer?

Le digo al niño:

–Mira, en el cuento de Caperucita no decimos: “y llegó a casa de su abuelita, que era un lugar lúgubre, al borde del acantilado. El sol brillaba en las tejas de barro y la tarde se volvía gris, pero era tan calurosa, que se quitó la caperuza para recibir los últimos rayos del atardecer en sus delicadas trenzas rubias…”

El niño, que conoce bien el cuento, se parte de risa con estas descripciones.

–Jajajajaja.

–¿Pero eso es literatura? ¿Es literatura solo porque estoy contando lo mismo más largo y con descripciones? ¿Qué convierte a un relato en literatura? La literatura es literatura porque es una forma de magia mental.

El hijo abre mucho los ojos. Ah, magia, esto sí le interesa.

–¿Magia? –me dice.

 

–No magia literal. Magia metafórica. Mira, el escritor quiere causar un afecto en el lector. Quiere hacer que se sienta de una determinada manera y describe un universo desde su propia emoción. Las emociones están en las palabras según cómo las ordenemos. ¿Sabes quién es Dickens?

El niño está fascinado. Ahora sí quiere estudiar.

–Sí, es un escritor inglés.

–Te voy a leer un párrafo que sí es literatura y lo vamos a comentar.

“Niebla por todas partes. Niebla río arriba, por donde este fluye entre verdes mejanas y prados; niebla río abajo, por donde se desliza contaminado entre hileras de buques y de detritus ribereños de una gran (y sucia) ciudad. Niebla en los marjales de Essex, niebla en las colinas de Kent. Niebla que se desliza por los fogones de los bergantines del carbón; niebla que cae en los astilleros y que se enrosca en torno a las jarcias de los grandes barcos; niebla que pesa sobre las cubiertas de gabarras y barcazas. Niebla en los ojos, niebla en las gargantas de los pensionistas de Greenwich, provocándoles una tenaz carraspera junto al hogar en sus asilos. Niebla en la caña y en la cazoleta de la pipa vespertina del hosco patrón, tumbado en su camarote. Niebla que aguijonea los dedos de los pies y de las manos del grumete, que tiembla de frío sobre la cubierta. Paseantes que desde el pretil de los puentes miran al cielo encapotado de niebla, envueltos también por la niebla; parece como si atravesaran un globo de niebla.

Dickens no dice: “Y llegamos al río Támesis y había niebla”. Si hiciera eso, no nos metería en su mundo, el que nos quiere describir, el de un Londres denso, lento, oscuro, lleno de personajes. Nos describe el lugar con la excusa de la niebla, igual que yo, con la excusa de la literatura y de Dickens, te hago entender lo que es un texto literario. Gracias a toda esta niebla entramos en otra dimensión, en el pasado, en el siglo de un autor que ya murió, y entre la blancura lechosa vemos con el ojo de la mente gabarras y barcazas, bergantines de carbón, puertas hacia las vidas de cientos de personas: pensionistas, grumetes, paseantes. Vemos el río Támesis del XIX, atravesando Kent hacia el mar y en su recorrido, cargamos en nuestros hombros un Londres denso de misterios. En su niebla nos atrapa Dickens, nos abre con el ritmo de las repeticiones y el eco emocional de las palabras el apetito por estar con él, de su mano, leyendo lo que ha dejado escrito para la posteridad.

El niño me mira, dudando de si pedirme que siga leyendo o hablando. Pero tenemos que estudiar. Volvemos a las definiciones.

Como el amor, explicar la literatura nunca debería ser una enumeración de cosas en una lista. Explicar la literatura se hace manchándose de literatura, repartiendo literatura, igual que el amor se explica abrazando y besando y ocasionalmente, estudiando lengua y literatura de primaria con el hijo al que la madre quiere salvar de la frustración.

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