Ricardo Calleja

Haidt y la (relativa) superioridad moral de la derecha

Uno de los temas cruciales de nuestro tiempo político es el del encaje entre liberalismo progresista y conservadurismo. Ambas tradiciones –si se las toma con algún rigor intelectual- son incompatibles a nivel de principios filosóficos, aunque pueden encontrar puntos de encuentro en la praxis política e institucional del liberalismo constitucionalista.

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Haidt y la (relativa) superioridad moral de la derecha
Foto: REMY DE LA MAUVINIERE

Uno de los temas cruciales de nuestro tiempo político es el del encaje entre liberalismo progresista y conservadurismo. Ambas tradiciones –si se las toma con algún rigor intelectual- son incompatibles a nivel de principios filosóficos, aunque pueden encontrar puntos de encuentro en la praxis política e institucional del liberalismo constitucionalista.

Esta tensión afecta a la articulación del “Frankenstein” del centro-derecha (PP, Cs, Vox) en este año electoral y de cara a las generales. Y por supuesto a la integración de un partido como el PP, que quiere ser nada menos que “casa común”, como se ha recordado durante la Convención del pasado fin de semana.

Para comprender cuál es el contenido de una política conservadora y cómo pone en tensión las costuras liberales, es muy oportuna la aparición esta semana del libro de Jonathan Haidt La mente de los justos. Por qué la política y la religión dividen a la gente sensata (Ed. Deusto. T.O: The Righteous Mind. Why Good People are Divided by Politics and Religion).

Llega con sorprendente retraso (fue publicado originalmente en 2012). Pero las ideas centrales de Haidt ya llevan algún tiempo circulando como moneda corriente entre nuestros analistas y opinadores. El autor proponía ya entonces un modelo –perfilado y contrastado en miles de encuestas- que da razón de la división ideológica en nuestras sociedades y las dificultades que existen para que se entiendan quienes están en un extremo y en otro. Según explica, el sentido de la moralidad –que compara metafóricamente con el del gusto- tiene cinco fundamentos: el cuidado, la equidad, la lealtad al grupo, la autoridad y la pureza o lo sagrado. Más que en argumentos, estos fundamentos consisten en “sabores” o reacciones emotivas desarrolladas a lo largo del proceso evolutivo de nuestra especie.

Los tres últimos fundamentos de la moral –lealtad, autoridad, sacralidad- resultan poco relevantes para quienes se declaran –en las encuestas realizadas en diversos países- progresistas. Pero decisivos para quienes se declaran conservadores. Estos también perciben como moralmente relevantes las cuestiones referidas al cuidado y a la equidad, pero con menor intensidad; mientras que los progresistas-liberales no suelen ser muy sensibles a los fundamentos conservadores, o los atribuyen a dimensiones sociales distintas a las tradicionales. Esta asimetría explicaría por qué los progresistas tienen más dificultad para entender las motivaciones y razonamientos de los conservadores, y quizá aclara también el origen del complejo de superioridad moral de la izquierda.

La lectura de Haidt, lleva a concluir que como seres humanos necesitamos pertenencia a la comunidad; orden y seguridad; y sentido de lo incondicionado o lo sagrado. La necesidad emocional de esas referencias y límites no basados en el propio consentimiento no es un invento del pensamiento conservador, ni resultado de una determinada cultura (el heteropatriarcado, o la que fuere). Más aún: cuando se ignora estas exigencias, no desaparecen: provocan reacciones emotivas negativas. Sobre ese desajuste se pueden cultivar el nacionalismo, el autoritarismo y el fundamentalismo.

El auge de los nacionalismos identitarios –despreciado como irracional y violento por los liberales abstractos- se explica por la necesidad de sentir el vínculo de pertenencia, que da sentido al sacrificio personal por algo más grande y duradero que uno mismo. Y también ofrece acogida, simpatía, reconocimiento concreto; no solo un humanitarismo abstracto. Además, la dinámica política amigo-enemigo, se apoya en la distinción entre nosotros y ellos. De modo que el enemigo fácilmente pueden ser las élites globalistas que desestructuran el mundo de ayer, mientras acaparan las rentas del de hoy, y nos dictan lo que tenemos que pensar sobre el mañana.

El autoritario es quien reclama la intervención de un poder protector ante el miedo activado por un riesgo. El autoritario se entrega con facilidad a una figura que muestre dureza con el enemigo, claridad de ideas, contundencia verbal. Uno de los descubrimientos de la psicología política es que los votantes de Trump y Brexit tenían este perfil, definido en otro libro por Stenner. El mejor predictor del voto favorable al Brexit –al margen de la opinión sobre la UE- resultó ser el apoyo a la pena de muerte.

La necesidad de lo sagrado, nos habla de límites absolutos, del valor trascendente de las acciones. Quienes tienen este sentido más desarrollado, suelen encuadrarse políticamente entre los “moralmente conservadores”. La imposición de una agenda emancipadora genera liquidez inestable: crisis de la familia, pérdida del sentido de lo sagrado. Y esta fuente de angustia se agrava cuando la intervención política pretende redefinir los estándares de pureza, lo que se debe pensar y creer.

El conservadurismo en sus mejores versiones ofrece una explicación de cómo se articulan esos fundamentos de la moralidad entre sí y cómo se hacen compatibles con el respeto a la persona individual, dentro de la sabiduría de un orden social y de unas instituciones de libertad. En sus versiones más radicales, el liberalismo puede contribuir a agudizar los miedos al promover sin matices a la globalización y el desarraigo; la fragmentación, la inestabilidad y la liquidez social; y la falta de orientación y límites que salvaguarden el sentido de la vida.

Aquí está la gran aportación de los partidos de la derecha moderada: ofrecer un cauce para estas necesidades, sin romper con las costuras de las instituciones liberales y de la concordia cívica. Patriotismo encarnado, pero sin nacionalismo o xenofobia; orden y razonable seguridad, sin arbitrariedades ni excesos retóricos; familia y transcendencia sin imposiciones fundamentalistas, pero libre también de ortodoxias de lo correcto. No es viable que los liberales convenzan a la gente de que son (solo) individuos libres e iguales; tampoco que se ofrezca compensación técnica a los desajustes del sistema. La alternativa a este discurso es la explotación manipuladora de estas necesidades humanas por parte de fuerzas reaccionarias.

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