David Mejía

Hasta acabar traidores

«Lo importante de una democracia es que no se traicione a sí misma. Y que juzgue, si debe, a quien fue su padre»

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Hasta acabar traidores
Foto: Andreea Alexandru| Reuters
David Mejía

David Mejía

Licenciado en Filosofía y Teoría de la Literatura. Ahora en Columbia University. Hace radio en WCKR FM 89.9 FM, New York.

Muchos lucharon contra la dictadura, pero Juan Carlos la traicionó. Poco después se convirtió en lo más parecido a un padre fundador que podía permitirse nuestra joven democracia. Renunció al régimen que heredó y los españoles, ejerciendo su soberanía recobrada, volvieron a coronarlo, esta vez como monarca constitucional. Es cierto que la del 78 fue la única constitución que los españoles tuvieron ocasión de refrendar, y nunca sabremos qué resultado habría arrojado un plebiscito sobre la monarquía. Dudo que muchos de mis compatriotas, si le encomendaran la tarea de crear un Estado desde cero, eligieran la monarquía como forma de gobierno. Pero lo cierto es los estados rara vez se improvisan de ese modo; son complejos fenómenos históricos, y es un hecho que los años más prósperos y estables de nuestra agitada historia han transcurrido bajo este formato, imperfecto como todos, de monarquía parlamentaria.

Juan Carlos I ha anunciado que abandona España. Cada ciudadano interpretará el gesto según convenga a sus prejuicios: unos lo elogiarán, alegando que el Emérito presta así su último servicio a la Corona. Otros interpretarán la huida como una asunción de culpabilidad, y como la enésima prueba de que la monarquía es un anacrónico lastre del que conviene desprenderse. No habrá consenso en el relato y no sorprende: si uno contempla el mapa ideológico de España aún duda si la monarquía contribuye más a unir o a dividir a los españoles. La conversación sobre la Corona no admite terceras posiciones, juicios intermedios. La naturaleza binaria del debate hace que los ánimos de los españoles fluyan en direcciones contrapuestas; la monarquía es el tema divisivo por Excelencia, y no vamos a resolverlo pronto.

La novedad es que, por primera vez, hay ánimos abiertamente antimonárquicos en el Gobierno de España. Sabemos que desde Podemos se hará lo posible porque los escándalos que vamos conociendo -y más si finalmente resultan ser constitutivos de delito- socaven la confianza ciudadana en la institución. El futuro es incierto: «Inquieta está la cabeza que lleva una corona», decía Enrique iv, pero antes de afilar las cuchillas conviene valorar las alternativas. Yo mismo, si me preguntan, les diría que soy republicano. Pero la república que sueño se parece mucho más a lo que tenemos que a la arcadia plurinacional que nos prometen los profetas. Lo decía bien Savater: prefiero ser ciudadano de una monarquía que súbdito de una república.

Juan Carlos abandona la España democrática que, gracias a él, hoy podrá juzgarle. «Hemos vivido hasta acabar traidores», decía un poeta. Pero lo importante de una democracia es que no se traicione a sí misma. Y que juzgue, si debe, a quien fue su padre.

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