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Hasta que la foto nos separe

"Se empieza queriendo tomar el cielo y se acaba tomando una cámara fotográfica"

Foto: Paul White | AP

El amor es la unión de dos babas, sentenció Cioran. O de dos barbas, si nos ponemos hipstéricos. Y donde hubo escupitajo puede haber baboseo. Baste ver a Sánchez e Iglesias abrazados como Teletubbies, Pedro haciendo como quien no quiere la rosa y Pablo metido de hoz y coz, pero sin martillo. De durar el idilio, quizá veamos a Iglesias fotografiando a su enamorado, Falcon arriba, Falcon abajo, como cualquier novio de it girl que se precie, ese tipo de macho sufridor cuyo hábitat es el marco incomparable y que, a veces, es obligado a comparecer en la foto con sonrisa exprés —rápida y a presión—, como en el vídeo que se ha hecho viral esta semana. Una víctima de la que podría apropiarse Abascal en su cruzada a caballo por liberar al hombre del yugo de la fémina con un par… ¡de ovillos!

La actitud del macho retratista es lacayesca, una revisión del hombre blandengue que detestaba El Fary. Además de llevar las bolsas de la compra, debe cargar con el móvil siempre preparado para el aquí te pillo, aquí te retrato, sea en medio de una playa, al borde de un acantilado, encaramado a una farola o a cualquier sitio que propicie likes en las redes sociales. No importa si impide el tráfico de coches o personas, ha de estar entrenado para enfrentarse a los obstáculos como los reporteros de televisión a las moscas: ignorándolos. Debe llegar antes que el sol al amanecer, al Coliseo antes que los romanos, para asegurar la idealidad de la estampa. De lo contrario, tendrá que demoler cualquier elemento que afee el paisaje a golpe de contorsiones, en consonancia con los torcimientos posturales de la retratada, que él observará sin atisbo de risa, igual que si estuviera cumplimentando la declaración de Hacienda.

Resulta difícil no apiadarse al verlo con la cabeza gacha, como dispuesta para la colleja, mientras ella desliza su dedo dictatorial por la pantalla del móvil y amplía las fotos con la pinza de sus yemas para comprobar que sale favorecida. Si está satisfecha, le dará un beso limosnero en la mejilla y pasarán a comentar la instantánea como si fuera un cuadro de El Greco. Si no, torcerá el gesto y le conminará a repetirla, mientras sueña con un filter lover ducho en cámarasutra.

Jules Renard escribió que el feminismo es no contar con el príncipe azul, pero nada dijo de que no pudiera contar con un fotógrafo. Al fin y al cabo, nada hay más feminista que el concepto de hombre como objetivo. Inmersos en la edad de la apariencia, no sorprendería la sustitución del voto matrimonial por un “hasta que la foto nos separe”, a menos que llegue un me too contra el Instagramarcado. Está tardando Vox, que presume de tener la bandera más larga, en abanderarlo. “No me saques a cenar, sácame guapa”, leo en la puerta de un cuarto de baño público, el Twitter primigenio. ¿Le dirá esto Sánchez al vicepresidenciable Iglesias? Se empieza queriendo tomar el cielo y se acaba tomando una cámara fotográfica.

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