Enrique García-Máiquez

¿Hay que aprender a palos?

«El discurso buenrrollista de la unidad del centroderecha es, en realidad, el discurso del rodillo»

Opinión

¿Hay que aprender a palos?
Foto: FABIAN BIMMER
Enrique García-Máiquez

Enrique García-Máiquez

Profesor, poeta, columnista, crítico, traductor, provinciano, aforista, diarista. Todo junto y demasiado revuelto.

No hay una pregunta más inquietante para quien es a la vez profesor y padre. Pero a veces se tiene la sospecha de que la pedagogía del palo —del palito, para ser exactos— era más eficaz que la educación a través del regalo entre algodones de azúcar. Me ronda esa sospecha cada noche en la cena. Llevo unos siete u ocho años diciéndole a mis hijos con una alegre sonrisa forzada que no se ponen, si me permiten insistir, los codos en la mesa y que, en España, se come con las dos manos sobre el mantel. Se les olvida. Mi padre, en cambio, marcó el ritmo ternario: 1) lo dijo una vez, 2) soltó un bufido, y 3) dio un cosqui. A partir de ahí se acabaron los codos en la mesa para siempre. Alguien dirá que tuve (¡y tengo felizmente!) un padre autoritario, pero yo sé que las cenas en casa discurrieron plácidamente a partir de entonces, y mi padre pudo ser lo que es, un señor encantador e interesante. Quizá mis hijos me recuerden, por el contrario, como un tipo pesadísimo presa de una pulsión obsesivo-compulsiva con los codos en la mesa y que les dio todas las cenas de su infancia y su adolescencia.

No vine a hablar de mis cenas, sin embargo. Estoy tratando de ilustrar esa triste tendencia humana de aprender de los impactos y no de las caricias. La cosa ha cristalizado incluso en el lenguaje y hablamos de «aprender de la experiencia» cuando la experiencia ha sido desastrosa, pero no cuando ha sido buena. Todo lo cual tiene una aplicación a la política actual en el bloque de derechas.

Si Vox, como se busca, se pegase un revolcón en las elecciones de Madrid, resultaría prácticamente imposible que la Comunidad no pase a manos de una coalición de izquierdas liderada moralmente por Pablo Iglesias. Quizá entonces se aprendiese la lección que no se quiso aprender en las autonómicas andaluzas, donde, tras décadas de socialismo, se pudo desalojar al PSOE de la Junta gracias al concurso del partido de Abascal. Como entonces las cosas salieron bien al conglomerado político mediático del centroderecha, éste no aprendió nada por las buenas, por lo visto. ¿Tendrá que perder Madrid para aprender la lección?

La lección es sencilla, no obstante. Vox aporta nuevos votos, sacados de la abstención, del escarmiento conservador y del voto popular tradicionalmente de izquierdas a los que ni el PP ni Ciudadanos pueden llegar. Esa ampliación triple de electores deviene necesaria para formar mayorías que contrarresten las sumas habituales de la socialdemocracia con los comunistas y/o con los antisistema y/o con los independentistas. Esto tiene dos corolarios también muy simples, aunque no sé si así, en plan sonrisa y cuadro sinóptico en la pizarra, se terminarán de entender.

El primero es que naturalmente el discurso de Vox no gusta nada al centrista del PP. ¿Qué tiene eso de raro? Si gustase al centrista del PP no podría gustar al votante que no es centrista. Ya sé que esto tiene la lógica de Barrio Sésamo, pero algunos no la captan. Por eso han de existir dos partidos, uno de centro y otro de derechas, porque son dos programas legítimamente diferentes y dos electorados, como mínimo. Decir que, porque no te gusta el discurso de Vox, Vox no debería existir es de un egocentrismo infantiloide. Es como si mis hijos (volviendo a mi mesa de las cenas), porque a ellos no les «apetecen», defendiesen muy cargados de razón que las espinacas no deberían cultivarse (esto naturalmente ni se les pasa por la cabeza a mis hijos, porque una cosa son los codos y otra, por fortuna, la inteligencia). El discurso buenrrollista de la unidad del centroderecha es, en realidad, el discurso del rodillo.

El segundo corolario también es de lógica barriosesamera, y sigue al primero. Una parte del programa de Vox, si contribuye a la gobernabilidad, tendrá que aplicarse, según el juego proporcional de las mayorías. Hacer otra cosa sería el mismo discurso tácito de partido único, aunque aplicando el rodillo retrospectivamente.

Son conceptos que pueden captarse perfectamente aunque no te guste nada Vox. En realidad, si no te gusta nada, se captan mejor, porque entonces las diferencias saltan a la vista. Aunque, llegados a este punto, yo descanso de mi papel de pedagogo elemental. Es posible que sea inútil y es probable que Vox no se pegue ningún batacazo y que Isabel Díaz Ayuso sume. Con suerte, el centroderecha podrá postergar su aprendizaje para otra ocasión.

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