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Hay un amigo en mí

De aquel concepto de amistad que pregonaban Montaigne y La Boétie poco parece quedar a día de hoy. En España hemos exportado unos cuantos conceptos: liberalismo, guerrilla y el manido amigo. Un vocablo, este último, menos concerniente a la verdadera amistad que a la francachela endogámica y falaz. A un sudoroso abrazo con el cuñao fin de farra en la madrugá.

Lo hemos visto/oído estas últimas jornadas con el sidral del Canal de Isabel II. El penúltimo marrón de los (retro) liberales corruptos en caída libre. El juez del caso Lezo ha archivado la investigación contra Francisco Marhuenda por presuntas presiones a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Cristina Cifuentes. Bien está y era de cajón. A mí, sin embargo, me fascina el concepto de amistad que tienen algunos. Con total impavidez granítica, Marhuenda ha reconocido que en sus conversaciones telefónicas con Edmundo Rodríguez Sobrino mentía a un amigo. Un amigo desesperado para más señas. El pobre hombre.

Tanto era así que se inventó una campaña periodística de desprestigio en la que la falsedad y la difamación serían la piedra angular, válgame el tópico. Y ya puestos se permitía llamar zorra a la jefa de gabinete de Cifuentes. Bueno, a mí el vocativo en cuestión no me parece mal siempre y cuando sea permitido y en el cenit de la intimidad ígnea de alcoba.

La amistad, por lo tanto, queda en entredicho. Más bien se trata de servilismo. De intereses creados. De cuentas pendientes y obligaciones de peones de un partido quebrado por la corrupción.

Decía Chandler que a sus mejores amigos nunca los había visto. Solitario, esquivo e impenitente escribidor de misivas a hombres queridos. Pese a la hipérbole lleva buena parte de razón el maestro. A los amigos hay que verlos lo menos posible. Intentar, en justa medida, no pedirles favores. Nunca dinero. Y escribirles, siempre que las molestas obligaciones nos lo permitan, cartas veraces, cariñosas y con un leve y elegante toque de nostalgia.

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