Jordi Amat

Hay una casa en Waterloo

Hay una casa en Waterloo. La llaman la Casa de la República. Es el refugio de muchos derrotados. Yo, ay Dios, podría haber sido uno de ellos. No he estado allí, no la he visto. Lo contaba ayer con bastante detalle un reportaje (¡sin firmar!) del diario digital Vilaweb. Lo leí mientras escuchaba primero el arpegio de Valentine, luego la herida biográfica en el aullido de Burdon, después las teclas de pesadilla del desquiciado teclado de Price. Hay una casa en Waterloo. Está solo a dieciséis quilómetros de Bruselas. No es sólo una residencia presidencial. La llaman la Casa de la República.

Opinión

Hay una casa en Waterloo
Foto: Virginia Mayo
Jordi Amat

Jordi Amat

Filólogo, escribe biografías y ensayos. Colabora en prensa. Ha acabado devorado por los artículos de opinión sobre el Procés.

Hay una casa en Waterloo. La llaman la Casa de la República. Es el refugio de muchos derrotados. Yo, ay Dios, podría haber sido uno de ellos. No he estado allí, no la he visto. Lo contaba ayer con bastante detalle un reportaje (¡sin firmar!) del diario digital Vilaweb. Lo leí mientras escuchaba primero el arpegio de Valentine, luego la herida biográfica en el aullido de Burdon, después las teclas de pesadilla del desquiciado teclado de Price. Hay una casa en Waterloo. Está solo a dieciséis quilómetros de Bruselas. No es sólo una residencia presidencial. La llaman la Casa de la República.

Una vez traspasas el recibidor y subes a la primera planta, accedes a la sala de reuniones. Por allí han pasado alcaldes, artistas o diputados. Naturalmente periodistas. A sueldo. Yo podría haber sido uno de ellos. Es una oficina política. Allí hay gente trabajando en varias mesas, vigilando a quienes les vigilan, pensando soluciones con las nuevas tecnologías. Tienen una misión. El cometido de estos parafuncionarios es formalizar el plan de implementación de la República que el señor de la casa ha pactado con los partidos independentistas y las asociaciones paragubernamentales que apoyan “la causa” (para decirlo con la expresión del reportero anónimo). Allí se están formalizando las nuevas instituciones, tanto el Consell de la República como la Assemblea de Representants. Desde allí se pilotará la redacción de la Constitución de la República.  Allí se piensan una y otra vez no las salidas al colapso de las instituciones de autogobierno catalanas, qué importa la autonomía de los traidores, sino cómo hacer colapsar el estado de derecho en España.

Hay una casa en Waterloo. La llaman la Casa de la República. Es el refugio de muchos derrotados. Yo, ay Dios, podría haber sido uno de ellos. Quienes la habitan sienten que viven en “el espacio libre de Bruselas”. Esa libertad de la casa es su única esperanza: “el espacio de libertad que ha creado es la solución al conflicto político, aunque los actuales dirigentes europeos sean incapaces de verlo”. Lo saben ellos. Nadie más lo sabe. Nadie lo ve. Hay una casa en Waterloo. La llaman la Casa de la República.

Más de este autor

El hombre del traje gris

«El futuro inmediato del país dependió en buena parte de la inteligencia en la gestión que asumió un Ministerio de Sanidad vaciado de competencias y que recuperaba un poder que no tenía capacidad para dirigir»

Opinión

Ni para viejos ni para niños

«En demasiadas residencias se ha tratado a nuestros viejos sin piedad y aún hoy no estamos sabiendo recuperar la patria de la esperanza que la escuela es y debe ser para nuestros hijos»

Opinión

Más en El Subjetivo

Daniel Capó

Ser padres

«La paternidad consiste en volver a aprender para terminar sabiendo algo más que al principio»

Opinión