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Un día, hacia 1950, una chica rubia y de buena familia tomó un avión desde Nueva Inglaterra hasta Nueva York para ir a hablar con Malcolm X. La joven había quedado prendada del activista negro desde que lo había escuchado impartir una conferencia en su universidad. Cuando dio con él le expresó lo mucho que admiraba su trabajo y le preguntó qué podía hacer ella para contribuir a la causa de los derechos civiles de los negros: Nada, respondió él con aspereza, antes de desaparecer apresuradamente. La muchacha se deshizo en un mar de lágrimas que derramó en un taxi, de vuelta al aeropuerto.

Malcolm X defendió durante mucho tiempo que solo los negros podían protagonizar el movimiento que defendía los derechos de los negros. Sin embargo, aquella chica rubia de Nueva Inglaterra dejaría una huella profunda en el activista, que años después se mostraría arrepentido por el trato que había dedicado a la joven: “Ojalá supiera su nombre o pudiera telefonearla para decirle que lo siento”.

Ha pasado mucho tiempo desde 1950, pero aún hay causas pendientes de ganar. Y aunque Estados Unidos ya ha conocido un presidente negro, todavía no se ha dejado gobernar por una mujer. La mitad de la población mundial nace en una situación de desventaja que marcará toda su vida. Sin embargo, hoy son muchas y muchos quienes creen que el feminismo ha de ser una bandera exclusiva de las mujeres, del mismo modo que Malcolm X pensaba que solo los negros debían solidarizarse con los negros.

Él lamentaría hasta el día de su asesinato haberle dicho a aquella chica rubia de Nueva Inglaterra que no podía hacer nada por su causa: “Supongo que un hombre tiene derecho a hacer el tonto si está dispuesto a pagar el precio. A mí me costó doce años”. Pues bien: no hay tiempo que perder, así que no hagamos el tonto. Necesitamos a los hombres en la defensa de la igualdad. Necesitamos a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestras parejas, a nuestros amigos. Así que no les digamos que no pueden hacer nada.

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