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Foto: Francisco Seco | AP

Karl Marx dedicó su vida a criticar el capitalismo gracias a los fondos de su amigo y colega Friedrich Engels; fondos que salían de sus empresas, epítome del capitalismo de Manchester. Marx denunció la explotación de los trabajadores, pero nunca pagó nada a la doncella que trabajaba en su casa, Helen Demuth. Tuvo un hijo con ella, pero nunca lo reconoció porque podría mermar su aura de revolucionario.

Marx es sólo un ejemplo entre muchos líderes políticos o intelectuales de la izquierda que hacen con total convencimiento todo lo que denuncian en los demás. Noam Chomsky es un caso especialmente querido para mí, por su impostura intelectual. Miente más que habla, porque cuando se le acaban las palabras, ahí están sus actos para prolongar su mendacidad.

Este rendido admirador de Cuba o Vietnam ha denunciado sin descanso la maquinaria militar de los Estados Unidos. El Pentágono es “la institución más abominable sobre la faz de la tierra”, y supone “una amenaza para la vida humana”. El Pentágono es, también, la institución para la que ha trabajado durante cuatro décadas, por medio del Laboratorio de Investigación Electrónica. Puso su conocimiento de la lingüística al servicio del estudio de la comunicación entre personas y los sistemas de control y comando de los ordenadores. Sus dos primeros libros se financiaron con una beca del Ejército de los Estados Unidos, por medio de agencias de Tierra, Mar y Aire.

Chomsky tiene la palabra “racista” presta en su boca, para soltarla allí donde no hay una presencia de “minorías raciales” que a él le parezca adecuada. Pero para descansar de sus trabajos a favor y en contra del Pentágono, opta por una localidad, Wellfleet, con una población negra del 1,1 por ciento, según recoge Peter Schweizer en su colección de hipócritas contemporáneos. Su denuncia del entramado capitalista al servicio de los ricos queda fuera de su propio emporio, Chomsky Irrevocable Trust, que le permite reducir notablemente el pago de los impuestos. Pero está bien, porque él y su familia, gracias a su activismo político, está “intentando ayudar a la gente que sufre”.

Siempre he tenido una especial querencia por Michael Moore. En contraste con el cuidado y minuciosidad con que Chomsky cuida sus mentiras, Moore las muestra, impúdico, en sus películas. Penélope del discurso, Moore ha hecho de la mentira un modelo de negocio. Cuando fue a presentar Roger & Me a Londres, alquiló una habitación en el Ritz para descansar, pero para los encuentros con la prensa prefería una habitación en un hotel barato, que había alquilado al efecto. Ha denunciado el racismo latente de Hollywood por la escasa presencia de negros en la industria. Pero de 134 empleados contratados por él, según Schweizer, sólo tres eran de raza negra.

Con todo, es un porcentaje mayor que el de Al Franken, que de 112 empleados en sus diversas aventuras sólo encontró motivos para contratar a uno que no fuera blanco. El exsenador hizo su carrera en el mundo del insulto. Es el campeón de los valores progresistas en los Estados Unidos, lo cual no le impide alargar la mano más de lo que aconseja la decencia con sus compañeras, o criticar al Hasty Pudding Club con estas palabras: “no me gustan los homosexuales. Si me lo preguntas, te diré que en el Pudding son todo homosexuales. Hey, me alegré cuando mataron a aquél homosexual del Pudding en Philadelphia”.

Los ejemplos son muy numerosos. No es cierto, como me decía un amigo mío, que la coherencia sea “un valor conservador”, e hipócritas hay en todos los lados. Pero ejemplos tan brutales como estos es fácil verlos entre los apóstoles del progreso (Jean-Paul Sartre, Bertolt Brecht, Rousseau…). Y tiene lógica. Buscan reformar a las masas. Saben que su contribución personal es muy pequeña y, además, su conciencia está perfectamente limpia merced a su discurso transformador y progresista.

De modo que Pablo e Irene pueden disfrutar de su chalet en la confianza de que prolongan una vieja tradición de izquierdas.

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