Pablo Mediavilla Costa

Hazañas del campista

No hay un lugar donde el verano se presente de forma más destilada que en un camping. Son pequeñas reservas donde la estación más esperada —y la propia naturaleza humana— despliega todas sus variantes en cualquier momento dado. Los matrimonios de jubilados que hacen pequeñas fortalezas con sus caravanas y se tiran horas jugando a las cartas, los partidos de bádminton de la familia extranjera, los niños gritando en la piscina, el caminante solitario que llega a media tarde para montar la tienda y comer caliente, los adolescentes en pequeñas manadas de bicis ensayando los primeros amores. Helados, ping pong, teles o radios con el Mundial o el Tour de Francia, siesta, periódicos deportivos, libros, fiambreras, barbacoa, chanclas.

Opinión

Hazañas del campista

No hay un lugar donde el verano se presente de forma más destilada que en un camping. Son pequeñas reservas donde la estación más esperada —y la propia naturaleza humana— despliega todas sus variantes en cualquier momento dado. Los matrimonios de jubilados que hacen pequeñas fortalezas con sus caravanas y se tiran horas jugando a las cartas, los partidos de bádminton de la familia extranjera, los niños gritando en la piscina, el caminante solitario que llega a media tarde para montar la tienda y comer caliente, los adolescentes en pequeñas manadas de bicis ensayando los primeros amores. Helados, ping pong, teles o radios con el Mundial o el Tour de Francia, siesta, periódicos deportivos, libros, fiambreras, barbacoa, chanclas.

Bajo el calor de los pinos, ahuyentando moscas mientras se martillean las clavijas, el campista se embarca en un simulacro de supervivencia que satisface sus resortes más primitivos habitualmente capados en la ciudad. Se elige una parcela y se establece una frontera imaginaria con el vecino, hay que orientar bien la tienda de campaña o la furgoneta para atenuar la salida del sol, se cocina en el infiernillo, se va a por agua. Es una llamada de la naturaleza, pero controlada, vallada, sin depredadores, con postes de electricidad, baños y un bar donde venden hielo. Es frecuente oír comentarios despectivos sobre hoteles y demás alojamientos lujosos.

El campista profesional posee un conocimiento que no está en los libros y que ha sido moldeado por todo tipo de calamidades. Si un año ha sido devorado por los mosquitos, al siguiente está a la última en dispositivos electrónicos y ancestrales que solucionan el problema y que, amablemente, comparte con sus vecinos. Las mesas y sillas, el toldo, los utensilios de cocina, los juegos de mesa, la compra del supermercado encajan ya perfectamente en cada pequeña rendija del vehículo. El inventario está más ajustado que el de una misión a la Luna.

Cuando era pequeño viajaba siempre de camping con mis padres. Nos permitía viajar más días y más lejos. Daba igual estar en París o en la Selva Negra, el camping era casa, un lugar con normas universales, donde cenar era barato y se dormía fresco y en silencio. Quizás con demasiados insectos. Personalmente me interesaba por la calidad de los baños. Era lo primero que iba a inspeccionar. En torno a un baño limpio se puede fundar un hogar digno. Este fin de semana he vuelto a uno, a las conversaciones sobre diferenciales, resistencias de nevera, generadores. Son lugares maravillosos a los que se llega con todas las ganas y que, agradecidos, se abandonan con el mismo entusiasmo.

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