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¡Hineni, hineni!

En la voz del viejo Leonard Cohen se entrecruzan las imágenes bíblicas y la liturgia judía. Hablo de voz, y de no música, con toda intención. En Cohen, al igual que en todo poeta verdadero, lo esencial es la palabra: una palabra que se sostiene por sí misma, sin apoyos, desnuda sobre el papel y que, más tarde, una vez pronunciada, puede encarnarse, quizá, en una canción. La Biblia le concedió la palabra y un marco estricto, inseparable de la historia de la humanidad, con su estela de belleza, dignidad y esperanzas rotas. Esa materia sustenta la poesía de Leonard Cohen, en cuyos versos se pueden rastrear las huellas de Job y del Cantar de los cantares, de los salmos y de la literatura sapiencial, bajo las luces de neón de un mundo que ya no se reconoce en lo antiguo y que se reclama angustiosamente moderno.

Cohen cantó ese cielo nuevo y esa tierra nueva con la voz de una literatura inmemorial, cuyo significado se nos escapa. Es la condición del arte verdadero, que a nadie pertenece y que vuela libre por donde quiere. Escuchemos su último disco, You want it darker, en el que aletea una vez más el misterio bajo la premonición: “Hineni, hineni. I’m ready, my Lord”. Hineni–“Aquí estoy, aquí me tienes”–, que fue el sí de Abraham –dicho con temor y temblor- al sacrificio de su hijo Isaac impuesto por Dios; hineni, que en el imaginario judío consiste en rastrear las huellas de la luz en las circunstancias más difíciles; hineni, que en la hora de la muerte nos invita a testimoniar las ofrendas de la vida…

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