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Historia de 60.000 refugiados

Después de penurias, internamientos y pobreza, quedaban 50.000. Unos 50.000: diez mil de ellos –la cifra es estimada- se habían dejado la vida en cinco años de guerra, hambre y miseria. Los que habían logrado cruzar las fronteras se habían encontrado con la solidaridad de los europeos que les acogían. Si a eso se le puede llamar solidaridad: internamientos en campos, derechos minimizados, trabajos de gran dureza a cambio de un salario de miseria. Eran refugiados: iban a aceptar cualquier cosa que se les diera. Esa era la mentalidad de quien les recibía.

A partir del quinto año, las cosas se pusieron peor. Otros 10.000 refugiados, año a año, se sumaban al grupo original, y se topaban con un enemigo inesperado: la burocracia. Los gobiernos tenían que catalogarles como refugiados políticos o económicos. Mientras el papeleo se tramitaba, quedaban confinados en campos de internamiento. De refugiados, en un lenguaje más llano. Al final, las autoridades decidieron que sólo uno de cada diez de ellos era un refugiado político. El resto, como huían de la miseria, no merecían la misma piedad.

Una orden interna dictaba “el alejamiento de los refugiados indeseables y de los inmigrados clandestinos”. También se ordenó que sólo pudieran trabajar en sectores deficitarios en mano de obra: minería y agricultura. A pesar de lo cual la ola de refugiados no mermó.

De qué huirían para no mermar. Esta historia de refugiados no es actual. Está extraída del libro ‘El exilio republicano español en Toulouse’, de Alicia Alted y Lucienne Domergue, y narra la situación, siempre desgarradora, del exilio español en Francia entre 1939 y 1952.

Si nos resulta atroz es porque hoy, en la otra punta del Mediterráneo, está sucediendo lo mismo. Lo mismo, pero en mayor volumen. Y con idéntica crueldad. Pero a otros. Han pasado setenta años y lo único que hemos aprendido como Unión es a ser inmunes al dolor ajeno. Cuánto dueles y qué poca memoria tienes, Europa.

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