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Historia de un Estado clandestino

Foto: JUAN MEDINA | Reuters

Ese es el título en español de las memorias de Jan Karski, uno de los líderes de la admirable resistencia polaca durante la Segunda Guerra Mundial. Karski narró el funcionamiento de una red que proveyó asistencia social y moral a los perseguidos, y soporte logístico a los que luchaban contra el terror nazi jugándose la vida. A través de Witold Pilecki (asesinado después de la guerra por los soviéticos), ese Estado clandestino del que habla Karski llegó a crear un sistema de inteligencia dentro de Auschwitz, a donde Pilecki había entrado voluntariamente haciéndose pasar por judío en una redada en Varsovia para ver y contar lo que allí pasaba. Era urgente confirmar o desmentir los rumores funestos que llegaban a la capital ocupada.

Desde allí, Pilecki escribió tres informes para el Gobierno polaco en Londres. Los conocidos como Witold´s Report (aún sin traducir al castellano, pero que se pueden leer aquí en inglés) fueron tan veraces y crudos que los servicios de inteligencia occidentales (y el Gobierno polaco en el exilio) los desecharon por exagerados e increíbles. Les parecía imposible que se estuviera masacrando a judíos en masa, asesinando a opositores, experimentando con niños para conseguir la perfección genética de la raza aria.

El Estado polaco, aun en unas condiciones de ocupación y represión inauditas, se mantuvo en pie más allá de lo simbólico, como única –e insuficiente– herramienta de defensa de oprimidos y perseguidos. Estamos por suerte lejos del nazismo, pero no ha cambiado en muchos en la izquierda española el recelo esteticista y politiquero ante una herramienta clave del progreso. Incluso, esta desconfianza ha aumentado pese a tantos años de democracia y avances innegables en todos los órdenes.

Defender un Estado democrático fuerte no es abogar por un Estado represor y vigilante. Sino por un contrapeso único y equilibrado a los abusos del poder, ayer de otras potencias hostiles, hoy de amenazas medioambientales, nucleares o terroristas, de los excesos y chantajes del poder económico-financiero, de la desigualdad que pone en peligro la paz social, o de la tiranía de mayorías caprichosamente abducidas por modas populistas o nacionalistas en épocas de incertidumbre. El Estado al que ayer representó trágicamente el piloto Borja Aybar en su último vuelo.

Se puede y se deben criticar las cargas policiales desproporcionadas sin decir que estamos a un paso de Turquía. Se puede y se debe criticar la lamentable “policía patriótica” que el anterior ministro del Interior impulsó con imprudencia en Cataluña sin descalificar al Estado como un ente asaltado “por corruptos y violentos” de extrema derecha o fascista.

Una de las imágenes más deprimentes para cualquier convencido de que sin Estado pierden aquellos a los que menos armas les han tocado en suerte para la vida en la jungla, fue la del ex JEMAD Julio Rodríguez paseándose en aquel sonrojanteTramabús criticando abiertamente las instituciones de seguridad y defensa del Estado. Organismos sobre los que él tuvo mando en plaza como máximo responsable.

Me pregunté por qué no lo dijo entonces, cuando su crítica desde el poder pudo haber sido decisiva para mejorar el Estado sin denigrarlo en pose de guía turístico enseñando el bunker de Hitler en Berlín. Igual que me lo pregunto ante tantos periodistas que, ya en la jubilación o cercanos a ella, con el patrimonio hecho y motivados por una etapa inesperada en las redes, retoman un discurso contestatario que callaron en sus puestos de responsabilidad mientras cotizaban al máximo, cobraban dietas generosas y sueldos hoy inimaginables.

El Estado es para los más vulnerables de la sociedad como la nostalgia para los que no tienen fe en el futuro: lo único a lo que pueden agarrarse para seguir tirando. Cualquier movimiento político que abogue arteramente por debilitarlo y descalificarlo identificando con malicia electoral el todo (el Estado) con una parte (la gestión del partido en el Gobierno), o que priorice cuestiones electorales o identitarias frente a él, será legítimo, pero que no venga con la monserga de que defiende “lo sensato”.

Y mucho menos lo de izquierdas.

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