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Hokusai

Foto: Archivo

Entré en la exposición movido únicamente por la sonoridad del reclamo: Hokusai, tres sílabas que prometían llevarme lejos de la engorrosa actualidad española. Si hubiera sido un poco más culto o menos ignorante habría sabido que Katsushika Hokusai (1760-1849) es el nombre de un célebre y longevo pintor japonés del periodo Edo, autor de famosísimas estampas que influirían decisivamente en el posterior arte europeo. Pero la ignorancia favorece el deslumbramiento y no olvidaré con facilidad el largo rato que pasé zambullido entre el azul prusia y el blanco geisha, paseando por palacios, jardines y mercados que parecían flotar ingrávidos sobre el papel donde habían sido xilografiados.

¿Había visto yo alguna vez, por ejemplo, La gran ola de Kanagawa, su más famosa obra? En su elegante composición, en la inocencia del trazo, pareciera pintada ayer. El mar, con la cresta nevada de su ola a punto de descargar sobre un monte Fuji que se confunde con la espuma de un borreguillo, parece un mar de tebeo. En realidad lo es, ya que Hokusai es el padre de todos los viñetistas, y a menudo ante sus estampas pensé estar observando un folio de Hergé o Manara. Me sobrecogió pensar que mientras Hokusai hacía sus serenos y sensuales dibujos, Goya estuviera en España dando al grabador sus Caprichos y sus Desastres. Pero más provechosa aún es la comparación dentro del género: el paisaje. Al igual que en el Tokio de Hokusai, también en Europa la pintura de paisajes se popularizó en la primera mitad del siglo xix. Así, mientras nuestro maestro japonés se obsesiona con la cima nevada del monte Fuji, desde la orilla norte de lago de Ginebra Rousseau enseña a mirar a los europeos, con intención estética, la cumbre del Mont Blanc. Algo más que una moda: una revolución estética que cambió nuestra manera de mirar. Porque el paisaje es una construcción de la mirada, que recorta un trozo de la corteza terrestre y le impone una unidad que no tenía. Pero allí donde para el europeo, borracho de romanticismo, la montaña es algo aterrador, inspirador de lo sublime y demasiado grande para la comprensión humana, Hokusai, en sus Treinta y seis vistas del monte Fuji, despoja de su poder intimidatorio a la naturaleza y la subyuga hasta hacerla una figura graciosa y dócil, una presencia tutelar que protege y acompaña.

La exposición (que se puede visitar en el Ara Pacis de Roma y que algún programador cultural debería apresurarse a traer a nuestro país) termina con unas palabras del maestro, sacadas del prefacio a sus nuevas Cien vistas del Monte Fuji: «A la edad de cinco años tenía la manía de hacer trazos de las cosas. A la edad de 50 había producido un gran número de dibujos. Sin embargo, ninguno tuvo verdadero mérito hasta la edad de 70 años. A los 73 finalmente aprendí algo sobre la verdadera forma de las cosas, pájaros, animales, insectos, peces, las hierbas o los árboles. Por lo tanto a la edad de 80 años habré hecho un cierto progreso, a los 90 habré penetrado más en la esencia del arte. A los 100 habré llegado finalmente a un nivel excepcional y a los 110, cada punto y cada línea de mis dibujos, poseerán vida propia». Todo un manifiesto para tiempos de prisas, petulancias y pesadas precocidades.

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