Felipe Santos

Hombres de nieve

La nieve es esa lluvia que no suena, que nos hipnotiza por el silencio que deja y que tan sólo el recuerdo trata de hacer repicar. Como la memoria, funciona por acumulación: bastan unos cuantos recuerdos para que se desencadene la melancolía. Siempre que veo caer los copos del cielo me acuerdo de aquellos versos primigenios de Julio Llamazares: "Mi memoria es la memoria de la nieve./ Mi corazón está blanco como un campo/ de urces".

Opinión

Hombres de nieve
Felipe Santos

Felipe Santos

Escribidor diletante. Soñador consciente. Todo está en todo

La nieve es esa lluvia que no suena, que nos hipnotiza por el silencio que deja y que tan sólo el recuerdo trata de hacer repicar. Como la memoria, funciona por acumulación: bastan unos cuantos recuerdos para que se desencadene la melancolía. Siempre que veo caer los copos del cielo me acuerdo de aquellos versos primigenios de Julio Llamazares: «Mi memoria es la memoria de la nieve./ Mi corazón está blanco como un campo/ de urces».

Cuando amaina y queda el primer manto casi virgen, es frecuente ver salir de las casas cercanas a los niños, que parecen aún más pequeños en esa inmensidad blanca. De repente, todos a una, alguien decide iniciar lo que más tarde será un muñeco de nieve. Un «hombre de nieve» como lo llama Andersen en sus cuentos. Qué sorprendente sigue siendo ese impulso inicial, como si respondiera a esa llamada atávica de la especie humana por hacerse perdurar. Sin haber podido alcanzar aún la perfección física, el hombre ha utilizado desde siempre los caminos del arte para hacerse inmortal, aunque fuera de forma vicaria.

Acabado el hombre de nieve y cuando se acerca el momento de recogerse, en el niño comienza a aflorar el presagio de la pérdida y el indisimulable deseo por que la nueva figura se quede en su sitio y participe en los ratos de juego con su presencia seráfica. Unos botones demasiado grandes, la gran bufanda roja, un sombrero en el mejor de los casos y una zanahoria roma por nariz le confieren una apariencia similar a todos los que en ese mismo instante se erigen sobre la nieve. En esencia, todos esos hombres son el mismo, hechos del mismo elemento y celebrados con liturgias similares.

Con el paso de los días y cegado por el sol, al hombre de nieve se le habrá empezado a desdibujar su sempiterna sonrisa, los ojos habrán ido desapareciendo y el proverbial porte perderá ya su verticalidad. Como a aquel otro muñeco de Andersen que se enamoró de una estufa, la tragedia asomará con los primeros signos del cambio de estación. Es Perséfone, que vuelve de las profundidades del averno para dicha de la humanidad, mientras la superficie derrite el blanco y el hombre de nieve, como harán una vez aquellos que lo levantaron, desaparece con lentitud.

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