Eduardo Gil Bera

Homo recolector

«La lectura de una sola fórmula concisa se puede transformar, mediante la fuerza inmanente de la palabra, en hecho y fatalidad»

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Foto: Sergiu Vălenaș| Unsplash
Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera

Eduardo Gil Bera nació en Tudela en 1957. Traductor de Montaigne, Rilke, Joseph Roth, Sloterdijk, Morgenstern, Hölderlin, Ungaretti, Séneca, Marco Aurelio, Epicteto y Stuart Mill. Autor de las novelas 'Sobre la marcha' (1996), 'Os quiero a todos' (1997), 'Todo pasa' (2000) y 'Torralba' (2002, Premio Alfonso X el Sabio); y de los ensayos 'El carro de heno' (1995, Premio Miguel de Unamuno), 'Paisaje con fisuras. Sobre literaturas antiguas, tratos y contratos humanos' (1999), 'Baroja o el miedo' (2001), 'Pensamiento estoico' (2002), 'Historia de las malas ideas' (2003, Premio Euskadi) y 'La sentencia de las armas' (2007), 'Ninguno es ni nombre. Sumario del caso Homero' (2012), 'Esta canalla de literatura. Quince ensayos biográficos sobre Joseph Roth' (Acantilado, 2015) y 'No hallarás la vida que buscas. Gilgamesh y la épica antigua' (2017).

Hace más de cinco mil años que el hombre lee. La lectura es, desde entonces, el acto creativo más influyente y poderoso. Ahora mismo, los talibán que afligen a media humanidad son un producto catalizado por la lectura radical de un participio imperativo coránico. Como lo fue Hitler por la lectura de la expresión Lebensraum «espacio vital». Zweig cuenta que un militar geógrafo, Karl Haushofer, empleó esa expresión en sentido spengleriano como la energía relativa y cambiante con las épocas, que, en un ciclo temporal, produce cada nación. El nacionalsocialismo, sigue Zweig, vio en esa expresión el capotito filosófico con el que cubrir su voluntad de agresión, que estaba desnuda la pobre. Y así una locución inofensiva, como tantas otras, les sirvió para justificar como una necesidad ética y etnológica toda anexión, incluso la más arbitraria. Una lectura radical tuvo una influencia incalculable en la historia de nuestro tiempo, al catalizar el cambio fundamental y funesto para el mundo en el establecimiento de un objetivo de Hitler, que estaba estrictamente limitado al nacionalismo y al racismo, pero que luego, en virtud de la teoría del «espacio vital», se expresó en el eslogan: «Hoy nos pertenece Alemania, mañana será el mundo entero». El mismo de los islamistas que dicen «Hoy nos pertenece Afganistán, mañana será el mundo entero».

La lectura de una sola fórmula concisa se puede transformar, mediante la fuerza inmanente de la palabra, en hecho y fatalidad. Así fue también con la fórmula de los enciclopedistas sobre el dominio de la raison, que se convirtió en lo contrario: terror y agitación de masas.

Solterdijk habla de una antropo-poética esencial en el proceso de la humanización desde la metaforización primigenia. Pone el ejemplo de los estilitas como mártires de un principio metafórico. Toman al pie de la columna la metáfora de elevarse desde las lóbregas formas de la vida mundana al elemento luminoso llamado «Dios», y entonces se suben a la columna y se exhiben en la altura como capiteles heroicos. Hay muchos ejemplos de martirio, heroismo y otros pelajes debidos a una lectura radical. En el Deuteronomio se condena la acción  ceremonial luctuosa de los sacerdotes mesopotamios que se rapaban las sienes. La lectura de «no hagas como esos» se convierte en los rizos colgantes de las sienes como obligación de piedad y devoción ortodoxa. La lectura radical de la metáfora «guarda estas palabras en tu corazón, grábalas en tu frente» se convierte en las filacterias enroscadas y ceñidas.

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Foto: freestocks | Unsplash

La lectura es la actividad metafórica de la que deducimos nuestra visión del mundo. La prodigiosa invención de la escritura se basa en el descubrimiento de que el enunciado escrito de la cosa no es la cosa, pero crea una réplica válida de la cosa, es decir, la escritura produce realidad. Pero notemos que escribir no es más que proponer una lectura. Por lo tanto, leer, y no escribir, es la verdadera acción creadora. El poema es una lectura propuesta, una creación demediada que espera las acciones creadoras de los lectores.

Voy a dejarme llevar un poco a las etimologías. Los amigos me reconvienen que, cuando me meto en estos barros, disuado a mis esforzados lectores, que vuelven grupas y huyen. Yo les agradezco el aviso caritativo, pero es que, a esta altura del sermón, es edificante saber que, en latín y las lenguas románicas, leer viene de un verbo lego que significaba «recoger». En alemán y las lenguas germánicas, igualmente viene de Lese que es «cosecha» y lesen que era «recoger». El inglés representa la aparente excepción con read, pero el término viene del germánico rat que también era originalmente «recoger provisiones». En griego es anagnosis que era «reconocer». Todos estos recogimientos y reconocimientos aluden, ya lo habrán notado, a una nostalgia autoinmune. Y el pleonasmo es plenipotenciario: no solo toda nostalgia, también toda lectura traería ese calificativo de serie. Lo seguro es que, antes de la invención del signo reglado, el hombre leía en las estrellas, en las corrientes de agua y en los fenómenos en los que buscaba certidumbre cuanto le acosaba la inquietud. O sea, el hombre quería leer una cosa concreta, su futuro que le preocupaba. No podemos leer sino lo que de antemano queremos y tememos leer.

Y ahora pasamos a lo verdaderamente entrañable. La lectura del futuro en el hígado de un animal escogido y sacrificado conforme a un protocolo se practicó  a lo largo de los tres milenios anteriores a nuestra era. La hepatoscopia se inventó en la misma civilización que descubrió la escritura. En el Louvre hay una colección de modelos de hígado en arcilla provinientes de Mesopotamia: la misión de esos modelos era facilitar la lectura del hígado real. El signo cuneiforme más repetido en los textos asiro-babilonios para designar el hígado que se leía es ur5 (no asustarse del subíndice, solo indica que es la quinta grafía de ur, no sabemos si las distintas grafías sumerias de los que leemos con igual fonética daban por sobreentendidos diversos tonos, acentos o terminaciones, lo cierto es que tienen distintos significados). Notemos que, en asirio, hígado se decía kabittu, o sea, los asirios empleaban un préstamo sumerio, lengua que se había extinguido dos mil años antes, para referirse al hígado de la hepatoscopia, porque habían heredado esa lectura adivinatoria de la misma civilización que inventó la escritura. En sumerio, ursignificaba «hígado» y también «sentimiento». Esa sede hepática de la vida, las pasiones y los sentimientos pasó a nuestras lenguas clásicas, así, por ejemplo, Horacio dice Non ancilla tuum iecur ulceret «No te enamores de tu criada = Que no te hiera el hígado». Por supuesto, el latín iecur y el sumerio ur no riman por casualidad.

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Foto:Iñaki del Olmo | Unsplash

También la hepatoscopia pasó de los sumerios a la asirios, hititas, griegos, etruscos y romanos: todos ellos con escritura. Porque la lectura del hígado no era una tosca actividad precursora de la lectura de signos, al contrario, era una consecuencia ampliada del invento de la escritura: toda lectura del hígado de un animal sacrificado se iniciaba con la invocación al dios para que escribiera una respuesta a la pregunta por el futuro. Con el hígado, se ofrecía a los dioses un soporte para su escritura. Después de todo, ellos habían establecido en el hígado la sede de los sentimientos, o sea, la sede de la pasión por conocer el futuro. Así que el hígado objeto de lectura era una réplica del mundo, un microcosmos que reflejaba el gran cosmos venidero, y su interpretación permitía conocer el destino, la voluntad de los dioses.

En latín, el término iecur «hígado» entró en declive al final del período clásico, a la vez que la hepatoscopia. Ninguna lengua romance ha derivado de iecur el nombre del hígado. Todas lo han hecho del adjetivo ficatum referido al hígado de oca cebada con higos. Los gastrónomos verán un significativo avance civilizatorio en ese cambio apasionado de la forma de leer.

En cambio iecur se ha mantenido en vasco. Lo cual no tiene nada de extraño: el ochenta por ciento largo de la lengua vasca actual deriva del latín y el romance, el veinte por ciento restante es ibérico y aquitano, la lengua que trajeron a suelo ibérico los refugiados que huían de los romanos en tiempos de Julio César. Lo singular es que la lengua vasca es la única viva que conserva un testimonio de la antigua hepatoscopia, cuyo vestigio más medular: iecur «hígado» ha dado irakur «leer».

Hace poco más de cinco mil años que la humanidad lee en signos reglados, sí, pero en el fondo pervive esa autoinmunidad que nos hace crear, con la lectura, la realidad que nos interesa.

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