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Identidades enroscadas

Foto: EFE

Màxim Huerta acaba de contar en una entrevista que su nombre se lo puso, muchos años después de bautizado, algún clérigo de la cadena autonómica valenciana de televisión. Convirtieron al entonces joven Máximo Huerta, de Utiel, en Màxim “por hacer país”; un poco como en versión a lo Berlanga –o Vizcaíno Casas– de la escena en que el joven Vito Andolini recibe su nombre para la posteridad de un funcionario perezoso en la isla de Ellis.

Desde hace un par de siglos, siempre hay un funcionario que toma nota, y si actúa solo por impaciencia o pereza podemos darnos por satisfechos. Los fanáticos y los tontos trabajadores son inagotables. A Eric Hobsbawn, que tanto escribió sobre nacionalismos y tradiciones ficticias, también lo apellidó un funcionario con mal oído para los idiomas, que convirtió el Hobsbaum de su padre, judío polaco, en la versión hoy canónica. A veces los clérigos logran incluso lo contrario de lo que pretende; como aquellos funcionarios de la monarquía Habsburgo que consiguieron meterle en la cabeza a croatas, serbios, checos, eslovacos, italianos, rumanos, polacos, rutenios, húngaros, eslovenos y alemanes que eran todas esas cosas antes que súbditos del emperador, al obligarles a adoptar casillas lingüísticas en el censo.

Al otro lado del mundo, los esfuerzos por encajar la realidad de las identidades en categorías discretas también pueden salir por la culata. Después de los atentados de Christchurch, a una doctora se le ocurrió promover que las neozelandesas saliesen a la calle con velo en muestra de solidaridad con la comunidad musulmana; y así lo hicieron muchas, de la primera ministra Ardern abajo. Es fácil entender el impulso empático que mueve a una persona a un gesto como este. Pero también es lícito preguntarse en qué lugar deja esto a las mujeres musulmanas que, dentro y fuera del orbe islámico, rechazan llevar prendas similares, a veces a un gran coste. Karima Benounne recordó el ejemplo de Nasrin Soutudeh, emblema de la protesta contra el velo de las mujeres de Irán, y que puede acabar arrostrando un año de cárcel. Tampoco faltó quien acusara a las neozelandesas de orientalismo, que es una acusación que siempre queda bien.

En España nos hemos acostumbrado tanto a la metonimia estos cuarenta años que lo de Màxim ha pasado sin pena ni gloria. Recordemos que en el otoño del 17, mientras daban un golpe de Estado en el Parlament y la mitad de los catalanes estaba a punto de quedarse sin derechos de ciudadanía, o de tener que largarse de su tierra, hubo también en Madrid quien salió a la calle a pedir diálogo con “los catalanes”. Afortunadamente nadie tuvo la ocurrencia de fotografiarse con barretinas; pero no debió de ser tanto por sentido del ridículo, ni menos aún por republicanismo, como porque, después de décadas de matraca nacional, quien más quien menos ya todos llevamos la boina incrustada por dentro del encéfalo.

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