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Ilegal y menguante referéndum

Foto: ALBERT GEA | Reuters

“Apelamos a todos los demócratas de Europa y del mundo a que nos apoyen”, sentenció el exfutbolista Pep Guardiola, nuevo encargado oficial de internacionalizar el derecho a la autodeterminación del oprimido pueblo catalán. Fue el pasado domingo, en un acto bajo la batuta de los líderes del separatismo catalán.

Hasta hace poco, si uno era catalán y se oponía a trocear la soberanía nacional española, tenía todas las papeletas para acabar en el saco de los enemigos oficiales del pueblo, aunque fuera parte de ese pueblo. Si se trataba de un español no catalán, la cosa era sólo algo menos grave: no era uno el obstáculo interno para la liberación catalana, sino más bien una suerte de imperialista abusón por creerse con derecho a participar del devenir territorial de su país. Pero ahora ya nadie está exento de culpa: el mundo entero tiene la obligación civil de jalear el referéndum ilegal de Puigdemont y Junqueras.

Se puede –y se debe- objetar que Guardiola no es el portavoz electo de los catalanes, pero sí es el altavoz que ha elegido el gobierno de la Generalitat, primer abajo firmante sino redactor último del manifiesto que leyeron las entidades separatistas el domingo. Y es que Puigdemont y Junqueras, que encontraron acomodo en la televisión pública esa misma noche, no dijeron nada distinto al ahora entrenador: los demócratas somos nosotros y el ‘estadoespañol’ el villano a batir.

Soy partidaria de que todos los compañeros de Guardiola, olímpicos de oro en 1992, puedan votar sobre el proyecto común español. Guardiola cree que no. ¿Es más democrático él? ¿Lo soy yo? La cuestión es que sólo una de las dos opciones tiene el amparo de la ley. La ley, que es la última protección del más débil y la garantía de respeto a las minorías frente a la mayoría. Por eso no puede ser democrático lo que pretende reventarla. Reventarla, por cierto, aprobando con nocturnidad una ley de ruptura anti-estatutaria e inconstitucional escondida en un cajón, contra la voluntad de la mayoría de catalanes expresada en las últimas elecciones y de cuyo contenido se conocen sólo las salidas de tono (o no) de Llach y compañía. Dime de qué fardas, ya se sabe.

Los demócratas catalanes somos más que una sola de mitades en las que nos han fracturado los independentistas. La Generalitat lo sabe y a medida que se conocen sus planes, a través de borradores que luego desmienten –limitación a la libertad de prensa, a los derechos lingüísticos y sobre todo la usurpación del carnet de demócrata-, son más los demócratas que se descuelgan del prometedor Nou Estat.

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