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Ilusiones recicladas

Foto: HEINO KALIS | Reuters

Lo había leído en los titulares ayer a primera hora de la mañana. Las tropecientas notificaciones que uno tiene activadas y que no conceden tregua dominical me propinaron un despertar nutrido de actualidad: los titulares confirmaban que el primero de los tres barcos en que habían sido repartidas las personas que viajaban en el Aquarius había llegado a Valencia. Aún adormilada, también leí en una de esas alertas que Joaquín Sabina se había quedado sin voz en un concierto en Madrid. Me entristeció. No sabría decir siquiera el título de dos canciones del último trabajo del cantautor, pero son tantas las letras que me acompañaron durante la adolescencia que aquella noticia me supo casi a despedida.

En el telediario se hicieron eco también de lo de Sabina. Fue prácticamente la segunda noticia del día tras el importante despliegue con la llegada de 629 migrantes a España. El presentador anunciaba el mutismo sobrevenido del cantante mientras daba paso a unas imágenes del concierto y sentí un enorme alivio al comprobar que decidieron ahorrar la emisión del momento en que la voz se le quebró. Seguro que hay multitud de sensaciones peores que la del público que asiste a una función y sufre con los fallos del artista, pero sin duda ayer no quería enfrentarme a ello. Poco después Sabina aclaró en las redes sociales que el paso del tiempo tiene consecuencias y nos pedía a sus seguidores descreer de quienes predican las bondades del envejecimiento.

No puedo sino darle la razón. Aunque a mis (ya no tan pocos) años sea honesto reconocer que Sabina jamás fue para mí un jovenzuelo, siempre hay margen de compasión para los estragos de la edad. Sobre todo cuando uno se va dando cuenta de las cosas que apareja el cúmulo de primaveras, sin duda con el peso de la responsabilidad puntuando alto en la tabla. La llegada del verano ofrece siempre tiempo para darse cuenta de que uno ya no es lo que era, y si para bien no lo son tampoco sus frustraciones, que hayan mitigado los deseos es difícil de conllevar. No se acoge un verano como a los quince años. Y dé cuenta esta pieza de que tampoco así se acogen las noticias que uno ve en la televisión.

Celebro que España haya tomado la decisión de permitir al Aquarius atrancar en Valencia. De hecho, soy de esas personas que ni siquiera comprende la diferenciación legal entre la situación de peticionarios de asilo por conflicto civil grave y aquellas personas que sencillamente cruzan una frontera en busca de un futuro mejor. Creo que podemos estar orgullosos, además, de la nula xenofobia –al menos, institucionalizada- que tenemos en nuestro país. Pero lejos de recuperar ilusión, esperaba un Gobierno que con la misma firmeza que tomó la decisión puntual de acoger al Aquarius, explicara a los españoles que se trataba de una decisión tan valerosa como simbólica. Que constatara que el drama que trunca y arrasa con la vida de miles de seres humanos no es culpa del anterior Gobierno ni de una preferencia ideológica. Dejo el asunto para los expertos que han tenido a bien recordar estos días el trabajo que se hace a diario y sin cámaras en muchas costas españolas, o que han instado a las autoridades europeas a las sanciones a Italia por una actitud tan insolidaria como abominable. Yo sólo puedo constatar que, con el paso de los años, no hay nada tan ilusionante como que le traten a uno como un adulto.

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