Ferran Caballero

In dubio, pro burkini

Tengo la incómoda sensación de llegar tarde al debate, pero no querría abusar del privilegio del último conferenciante. No voy, por lo tanto, a resumir ni repetir lo que tanto y tan bien se ha dicho, también en este periódico, sobre la cuestión del burkini. Voy a limitarme a decir algunas cosas que no he leído o sobre las que creo que no he leído lo suficiente estos días. 

Opinión

In dubio, pro burkini
Ferran Caballero

Ferran Caballero

Profesor de filosofía y autor del libro "Maquiavelo para el s.XXI". "Tot ve que cau"

Tengo la incómoda sensación de llegar tarde al debate, pero no querría abusar del privilegio del último conferenciante. No voy, por lo tanto, a resumir ni repetir lo que tanto y tan bien se ha dicho, también en este periódico, sobre la cuestión del burkini. Voy a limitarme a decir algunas cosas que no he leído o sobre las que creo que no he leído lo suficiente estos días. 

La primera es que a mí el burkini me ofende profundamente. Y no solo como hombre libre, sino como hombre tout court. El burkini es la twitera enfurecida de las ropas de baño, que no deja de gritarme que soy un simio que no sabe controlar sus impulsos y que con solo ver asomar una pestaña me lanzo sobre las mujeres como sobre las croquetas del bufet libre. El burkini no me está diciendo que la mujer sea inferior, sino que ella es pura y que pura debe seguir y que yo soy una bestia inmunda a la que más vale alejar de cualquier tentación, por pequeña que sea, para que no acabe de un solo calentón con todo lo que de bello y bueno hay en el mundo. El burkini no es solo ni necesariamente una cárcel que encierra a la mujer contra su libertad, sino que es también, y lo es siempre y necesariamente, una muralla que la protege del exterior. El burkini me está diciendo que como hombre soy su enemigo y quién no entienda por qué tantas feministas se sienten tan cómodas con él, aquí tiene la respuesta. Y supongo que aquí tiene también alguna pista sobre el asco que los fanáticos islamistas sienten de sí mismos y su afición al libertinaje occidental.

El burkini me ofende profundamente, digo, pero la ofensa nunca ha sido un motivo suficientemente sólido para justificar ninguna prohibición. Y quizás la playa, con sus jovencitas en tetas, sea un buen espacio para que los fanáticos, del islam o del feminismo, entiendan al fin que los hombres somos perfectamente capaces de comportarnos con respeto, decoro y discreción.

La segunda es que no estamos obligados a responder a los religiosos en sus términos. Que aunque nos digan que el burkini es un mandato sagrado para las musulmanas, podemos y debemos responder como si se tratase únicamente de la libre preferencia estética de algunas mujeres. Como si no hubiese diferencia entre el burkini, el hábito de la monja o el de alguien como yo mismo, que por miedo a que se me confunda con esos que van al trabajo como quien va a la playa, tengo por costumbre bajar a la playa como si fuese al trabajo. Además, no reconocer el carácter sagrado del burkini es precisamente una de las mejores maneras de evitar que su posible persecución pueda usarse o recibirse como persecución religiosa.

Si decía antes que el burkini no es necesariamente una cárcel es porque puede ser de libre elección, aunque no lo sea en muchos casos. Como no podemos, ni siquiera técnicamente, juzgar intenciones sino solo conductas, no deberíamos prohibir aquellas conductas que no dañan a los demás solo por presuponerles una posible motivación innoble. In dubio, pro libertate. Si el burkini es impuesto, habrá que buscar modos de evitar la imposición, no la prenda. Y este es el problema.

El gran problema detrás del burkini es precisamente que el burkini no solo sea el uniforme de la esclavitud sino el de la tiranía. El gran peligro no es que entre mujeres en bikini, mujeres en tetas, monjas y tipos como yo se bañe tranquilamente una señora en burkini. El problema es que donde se bañe una mujer en burkini no pueda bañarse nadie sin él. El problema es la tendencia del islam a tomar el control absoluto del espacio público para que no gobierne otra ley que la suya. El problema es la extensión del totalitarismo formalmente blando de corte islamista, que imposibilita a las mujeres andar tranquilas por la calle con el pelo descubierto o a los hombres tomarse una cerveza en un bar. Este es el problema que vemos crecer poco a poco en nuestras propias ciudades y que no sabemos cómo frenar, porque es un problema que no se soluciona sin policía y que no se soluciona sólo con policía. Solo donde y cuando la presencia del burkini suponga la imposibilidad del bikini estará justificada su prohibición.

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