Jordi Feixas

Independencia y ridículo

El nuevo movimiento del independentismo, consistente en desplazar a su principal líder hacia tierras norteñas, ha vuelto a suscitar algunas de aquellas grandes frases de nuestra cultura política. Una de ellas, que “en política, se puede hacer de todo menos el ridículo”.

Opinión

Independencia y ridículo
Foto: YVES HERMAN| Reuters

El nuevo movimiento del independentismo, consistente en desplazar a su principal líder hacia tierras norteñas, ha vuelto a suscitar algunas de aquellas grandes frases de nuestra cultura política. Una de ellas, que “en política, se puede hacer de todo menos el ridículo”.

Un servidor se ha mostrado un tanto escéptico ante el valor de dicha sentencia para el juicio histórico, pero la gente sabe de lo que habla y, planteada la citada duda, responden que hacer el ridículo significa ser digno de burla. Precisión de diccionario. El problema es que el ridículo es algo un tanto escurridizo y lo que es objeto de burla para unos, bien podría ser objeto de alabanza para otros. Lejos de demostrar el subjetivismo, esa obviedad más bien constata que, en política, lo importante es no hacer el ridículo a ojos de quien importa. Para una demostración, recuerden lo ridículo que les parecen a algunos determinadas escenas retóricas de un presidente que, sin embargo, sigue cosechando entre seis y ocho millones de votos cada vez que se presenta.

La cosa se complica aún más cuando uno se da cuenta de que, demasiadas veces, eso de hacer el ridículo tiene que ver, mucho más con el resultado de la supuesta acción digna de burla, que de la acción misma. Casi nos acercamos peligrosamente a aquel florentino que, más que suponer que el fin justifica los medios, dio a entender que el resultado –si es mantener el estado- justifica cualquier medio. Así, solo hace falta que lo que hoy es ridículo coseche victorias, para volverse simplemente un tanto cómico y, finalmente, el gesto de un estratega.

Con todo, tal vez algunas de las mejores frases de nuestra cultura política no sean tan buenas y el ridículo que nos suscitan algunas acciones no sea, necesariamente, un buen patrón para el juicio político. Y es que mientras nos reímos de lo que nos parece ridículo, quizás sigan ganando los que se lo toman en serio.

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