Antonio Orejudo

Indulto

Me encantan las películas de grandes golpes. Me gusta ver la ejecución de un plan minuciosamente preparado, y disfruto cuando esos profesionales solventan con pericia los imprevistos que se van presentando.

Opinión

Indulto

Me encantan las películas de grandes golpes. Me gusta ver la ejecución de un plan minuciosamente preparado, y disfruto cuando esos profesionales solventan con pericia los imprevistos que se van presentando.

Me encantan las películas de grandes golpes. Me gusta ver la ejecución de un plan minuciosamente preparado, y disfruto cuando esos profesionales solventan con pericia los imprevistos que se van presentando. Y me gusta esa elegante renuncia a la violencia, que es bandera de cualquier ladrón de guante blanco. 

En la vida real también hay ciertos robos sin coacción que me producen más admiración que condena. No hablo del butroneo o del atraco cutre, sino de esos golpes que requieran planificación y superación de dificultades técnicas, robos del tipo ‘atraco al tren de Glasgow’.

Y no es postureo, de verdad: el otro el día en el metro de Madrid me mangaron el libro electrónico. Lo llevaba en un bolsillo interior de difícil acceso, y el vagón no estaba especialmente lleno. Quienquiera que fuese el que me lo quitó debió de observarme detenidamente antes de elegir el momento adecuado para desabotonarme imperceptiblemente el bolsillo y llevarse la maquinita. Claro que me fastidió cuando me di cuenta, pero el enfado no consiguió ahogar el reconocimiento de un trabajo bien hecho. Pasado el disgusto, lo aplaudí en mi interior como aplaudo los buenos espectáculos de magia.

De entre todos estos finos delincuentes siento especial predilección por los falsificadores, tanto por los que pintan obras de arte como por los que hacen documentos y dinero. En Toledo acaban de detener a uno de estos últimos, un licenciado en Bellas Artes considerado entre los diez mejores falsificadores del mundo. ‘El artista’, así lo llama con respetuosa admiración la policía. ‘Autodidacta’, dicen los periódicos. Como si hubiera otra manera de aprender el oficio. 

Tocar el piano, jugar al fútbol, fabricar calzado o falsificar dinero con maestría requiere talento cultivado con esfuerzo y constancia. Hay algo injusto y perturbador en el encarcelamiento de un artesano al que admira tanto la policía.

 

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