Irene Junquera

Inmigrante

Ni el frío, ni el mar. Ni las montañas, ni las cuchillas de la valla. Nada. Nada puede interponerse en el camino de una persona que lucha por su vida. No tiene nada que perder, nada.

Opinión

Inmigrante

Ni el frío, ni el mar. Ni las montañas, ni las cuchillas de la valla. Nada. Nada puede interponerse en el camino de una persona que lucha por su vida. No tiene nada que perder, nada.

Ni el frío, ni el mar. Ni las montañas, ni las cuchillas de la valla. Nada. Nada puede interponerse en el camino de una persona que lucha por su vida. No tiene nada que perder, nada.

Hace un par de días me encontraba en el aeropuerto de Liverpool y hubo algo que llamó mi atención: dos personas, vestidas con un chaleco amarillo reflectante acompañaban a un chico muy espigado de raza negra a lo largo del edificio hacia las “salidas”. Su mirada se cruzó con la mía pero en seguida desvió los ojos hacia el suelo.

No volví a verle hasta que subí al avión y le encontré sentado justo en el asiento contiguo al que me habían asignado. Antes de despegar, manoseó con ansiedad unos papeles en los que acerté a leer la palabra “INMIGRATION” (inmigración, en inglés) y tras unos minutos mirando por la ventana, apoyó la cabeza sobre las manos y se mantuvo así todo el vuelo en una suerte de sueño más o menos profundo. Iba vestido con unos pantalones vaqueros demasiado grandes para su estrecha cintura y una americana de tela muy fina y algo roída, sin duda insuficiente para el duro invierno británico.

Al aterrizar las azafatas le indicaron que esperara en su asiento pues su pasaporte lo tenían en la parte delantera del avión. A mi alrededor el resto de pasajeros murmuraba y escuché a un matrimonio comentar que “el chico había entrado esposado al avión”. Fuera, un coche de policía le aguardaba. Me pregunto si su delito había sido ser emigrante en la tierra equivocada, soñar con una vida… ni siquiera puedo hablar de una vida “mejor”, sino VIDA, a secas. Porque lo que tienen miles de personas en todo el mundo es una especie de tortura constante y los países que tenemos relativamente todo, parece que nos empeñamos en perpetuar.

Sé que es mucho más complicado y que tal vez sea una quimera, pero ojalá la suerte de las personas no estuviera determinada por el lugar donde abren los ojos por primera vez. Ojalá.  

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