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Inocencia

Foto: Manuel Carretero | EFE Fototeca

Parecerá un topicazo, pero una de las cosas más importantes en la vida es no olvidar el niño o niña o transgénero –¡que nadie se ofenda!– que llevamos dentro. No perder la curiosidad ni las ganas de jugar. Cuando todo nos parece conocido y aburrido, conservar esa inocencia de la niñez ayuda a ver el mundo de una forma virgen, sin el ruido mediático y popular al que estamos sometidos. También sin ser (tan) víctimas de nosotros mismos. De nuestra experiencia o prejuicios.

El sábado fui a ver El sermón del bufón, de Albert Boadella, que explica su recorrido artístico entre Albert y Boadella. Entre el niño y el viejo artista. El autor aparece sobre el sobrio escenario y desdobla su personalidad para reflejar esas contradicciones entre el chaval indómito que hacía un arte grotesco y el hombre reflexivo en el que se ha convertido.

Boadella conserva muchas cosas de Albert, una de ellas es que sigue hablando sin filtros de todo lo que considera “mariconadas” o directamente “una mierda” en el arte. Y en la vida. Caiga quien caiga.

Hay otras grandes obras que reflejan esta infancia perdida. Ciudadano Kane y su “rosebud”. El chico era feliz con su familia y su trineo, pero su condición de rico heredero le hace convertirse en un mangante de la prensa, las finanzas y la política. Perdiendo su corazón e inocencia en el camino.

La obra de Boadella son las memorias no escritas de un artista de 73 años que sigue albergando un niño en su interior o un bufón, pero no un Peter Pan. Porque el mayor ridículo para los que tenemos la cabeza amueblada es envejecer sin madurar.

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