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Instagram, o la gran crisis de la autoestima

Foto: Julian Gentilezza | Unsplash

La última vez que escribí sobre este tema, en Por un espacio libre de selfies, confieso haber cometido un error garrafal: no tener una cuenta de Instagram. Ahora, al echar la vista atrás, aprecio la magnitud de mi equivocación. No fue menos que osar publicar una investigación sobre la malaria sin haber todavía conocido al mosquito.

Lo cierto, queridos lectores, es que me place decirles que ya he corregido mi falta. Llevo tres meses ya con una cuenta de Instagram abierta. Y como los buenos antropólogos que, para estudiar los ritos de las tribus amazónicas, se dejan morder por toda clase de bachacos culones y serpientes mortales, les confieso que he hecho bien mi trabajo de estudio. Me he dejado picar: me he vuelto adicto. Cada dos minutos muertos de mi vida (mientras sale el café de la Nespresso, o estoy en un ascensor que se demora, o lo que sea) se los dedico al app rosa de la camarita y el circulito. He malgastado ya días enteros de mi vida a seguir de cerca las andanzas cotidianas de un montón de amigos a los que ya podría hacerle un estudio de nutrición (‘estás comiendo mucha m…’), de finanzas (‘estás tirando tu dinero’) y de psicología (‘narcisismo maníaco-depresivo con toques de activismo social y de nalgas al aire’). Pues también debo confesarles que, como buen antropólogo, me he vacunado antes de entrar a la selva. Y no he extraviado ni mis binoculares ni mi brújula.

Los científicos de verdad me dan la razón. Estudio  tras estudio están dejando clarísimo que el Instagram nos está volviendo locos y tristes a todos. Una observación que ya hacía yo, pero desde fuera. Que hacía anecdóticamente: mientras estaba en el estadio de fútbol y notaba que mi compañero de asiento estaba viendo el partido desde la pantallita de su celular, o cuando en una cata de vino en un restaurante veía a una señora mayor compartiendo la mesa con su iPad y sus seguidores de Facebook Live, o cuando haciendo senderismo en la Sierra de Madrid observaba cómo una familia entera, bebé de cuatro años incluído, caminaba cuesta arriba y sin caerse mirando fijamente a sus teléfonos. Y otras escenas cotidianas de Black Mirror del estilo.

Ahora al ver el fenómeno ‘desde dentro’ mi asombro se ha duplicado. Videos de gente cantando en una discoteca, bailando literalmente con la cámara, mandándole besos a los fantasmas. Personas postear hasta quince veces al día (al despertarse, al llegar al trabajo, al desayunar, al comer, al cenar, al ver el fútbol, al encontrarse un caracol en la ventana, al salir de la ducha) mendigando, ya hasta el punto de la desesperación, por ese like narcótico. Selfies sumamente curados que combinan su ostentación (de cuerpos, o de viajes, o ya directamente de dinero) con citas de Siddartha Gautama o de Anaxágoras, en un triste intento de esconder la vanidad con más vanidad. Y un sinfín de sinsentidos que delatan una profunda crisis de autoestima, una crisis que todos compartimos públicamente y que no entiendo cómo no terminamos de llamar por su nombre.

Por supuesto que hay excepciones, y que como en todo hay gente que consume Instagram responsablemente. Pero si las redes sociales son un narcótico, (el narcótico del espejo que miente, mito que recurre en Narciso y en Maléfica) Instagram es su versión más potente. Su versión sin filtros. Aquella que vuelve seguidores a los amigos y a la vanidad en moneda. Que nos sube en un torrente de likes para luego tumbarnos a una realidad cada vez más baja y cruel e inapetecible. Que nos dibuja un espejismo que nosotros, inseguros y sedientos, dejamos cada vez más que nos seduzca… y nos pique.

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