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Intérpretes de sueños

No atino a recordar el nombre de la asignatura a la que asistía aquel día, algo por otra parte nada extraño cuando uno estudia una carrera como periodismo, en la que el grueso del esfuerzo para elaborar el plan de estudios se concentra en la capacidad imaginativa para la nominación de las materias. En realidad, poco importa si la asignatura se llamaba ‘Implementación de aptitudes y actitudes’ o ‘Gestión Integral de la Comunicación’, pues en la mayoría de los casos sólo constituyen fórmulas bajo las que se acaban impartiendo mítines comunistas, católicos o nacionalistas, cuando no todo a la vez.

Aquel día, decía, durante la sesión una chica abominó de la prostitución con el argumento al uso de la humillación que supone la práctica para la mujer, tesis que contó con la aquiescencia de la mayoría de los alumnos, y por supuesto, con el beneplácito del profesor, quien zanjó el asunto: “pensad cuántas de vosotras [obviando a los varones] soñaban de pequeñas con dedicarse a la prostitución”. En esa misma clase, que debía tratar -como el 90% de ellas- sobre ‘el rol de la mujer’, el profesor penalizaba asimismo las películas de Disney por inculcar un pensamiento aristocrático y patriarcal en las niñas, que según él, las arrastraba a querer convertirse en princesas. Una prefiere no precisar los detalles de los primeros sueños y fantasías que recuerda, pero desde luego creo que una cría desarrolla con mayor prontitud cierto erotismo que sentimiento de pertenencia al patriarcado. Por supuesto, no pronuncié nada de esto en aquella sesión: es sabido que la juventud es infinitamente más conservadora de lo que proclama en sus pancartas y camisetas.

La anécdota regresó a mi cabeza la semana pasada, cuando unas cuantas alcaldesas del área metropolitana de Barcelona firmaron un manifiesto en contra de la regulación de la prostitución en el que dejaban clara su apuesta por la abolición de la práctica. Las mandatarias, claro, aprovecharon para hacer gala de la iniciativa: mujeres para tratar lo que es cosa de mujeres. Curiosa forma de reivindicar la igualdad de género la de limitar las voces masculinas en debates como el de la prostitución o el aborto. Supongo que subyace la lógica según la cual a una, la condición de mujer le sobra y basta para desentrañar la voluntad de todas las demás. Una de las mandatarias, alcaldesa de Santa Coloma de Gramanet, explicó poco después en la radio que la prostitución no era susceptible de ser profesionalizada, para lo que alegó que el porcentaje de mujeres que ejercen de forma voluntaria es casi irrisorio. “Cuatro ovejas descarriadas”, le faltó añadir.

Cometo la probable ingenuidad de conferir a la Universidad y a la Política una suerte de preponderancia para con los asuntos civiles. De ahí que resulte agotadora la vocación de esas mismas instancias por erigirse como intérpretes de las voluntades de todos y su determinación en ejercer de pastores para guiarnos en su particular senda del bien. A menudo nuestros deseos son atroces y nosotros, irresolubles. Se trata de asegurarse de que sin desviar mucho a cada individuo de su camino éste choque lo menos posible con los demás. ¿O no es eso con lo que sueña uno cuando llega a ser alcalde?

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