José María Albert de Paco

Je t'aime, Barcelona

Manuel Valls no llenó el Palacio de Congresos, pero sí el área que la organización había habilitado en previsión de un pinchazo. Unas mil personas, todo lo más. Y es que además de que había más cenas que empresas y el recinto queda casi en Esplugues, no muy lejos de aquellos Tres Molinos donde el buen Lara emborrachaba a la prensa, llovía como suele llueve en Barcelona, con goterones de lunes “ennegreciendo muros y revuelto todo con las primeras letras protestadas”.

Opinión

Je t'aime, Barcelona
Foto: Andreu Dalmau
José María Albert de Paco

José María Albert de Paco

De pequeño, en la playa, solía entretenerme yendo y viniendo de lo hondo con algo que demostrara que había estado allí. Fue aquella mi primera escuela de periodismo.

Manuel Valls no llenó el Palacio de Congresos, pero sí el área que la organización había habilitado en previsión de un pinchazo. Unas mil personas, todo lo más. Y es que además de que había más cenas que empresas y el recinto queda casi en Esplugues, no muy lejos de aquellos Tres Molinos donde el buen Lara emborrachaba a la prensa, llovía como suele llover en Barcelona, con goterones de lunes “ennegreciendo muros y revuelto todo con las primeras letras protestadas”. En el cuarto de hora que estuve bajo el tejadillo de la entrada, tan sólo identifiqué a Mon Bosch, Carina Mejías, Marilén Barceló y el reportero Rius, tan característico de la ciudad como el fotógrafo Flowers o, ay, mi añorado Bernardo. En suma, muchas caras nuevas, lo que tal vez confirme que Valls está atrayendo a un público de amplio espectro.

Me llamó la atención, eso sí, la escasísima presencia de lo que viene siendo la resistencia histórica antinacionalista. Aunque, bien mirado, se entiende: dejando de lado que en los prolegómenos no sonara el Dúo Dinámico, sino los Manel, la primera en hablar fue la unionista Eva Parera. Unionista, digo, no porque se le conozca ningún fervor de españolía, sino por su antigua pertenencia a la Extinta. Hablamos, en efecto, de la hija de Antón Parera, el antiguo gerente del Barça. Nada, por lo demás, que no fuera a juego con el diseño de la cartelería, más cercana a la de una campaña por la presidencia azulgrana (el guiño cromático es tan evidente que resulta incluso conmovedor) que a la de un alcaldable por Barcelona. Otro interviniente de relieve fue el fundador de Federalistes d’Esquerres, Joaquim Coll, quien, si no me falla la memoria, por vez primera pide el voto para una opción distinta del PSC. Y sin que sus convicciones se resientan. No en vano, el cambio que propone Valls guarda un cierto parangón con el del González que trató de reinventar España. De poner el recinto patas arriba se encargó Inés de la Frontera, la única política de nuestro tiempo que ha devenido en símbolo; de dignidad, de rebeldía, de modernidad. En cuanto al discurso de Valls, digamos que no estuvo muy allá. Atropellado, fogoso, sentimental. Lo que no quita que mis esperanzas en él sigan intactas. Era el discurso de un hombre enamorado, y un hombre enamorado es invencible.

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