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Jean D'Ormesson o el arte de la dicha

El júbilo, la irrenunciable alegría de vivir de quien a la vez es plenamente consciente de las sombras de la existencia y de que como hombre afortunado habla, son pilares ineludibles de la obra literaria y ensayística de Jean D’Ormesson (1925-2017), tanto que sus opiniones políticas menos generales y sus invenciones novelescas –recogidas en vida en un volumen en La Pléiade, salvo la póstuma Et moi je vis toujours, recién aparecida– quedan para mí en un segundo plano: «¿Qué otra cosa he hecho desde siempre sino cantar a la vida?» (C’était bien, 2003).

Ese canto a la existencia, ese empeño de vivirla de manera gozosa y entusiasta, cobra particular importancia en una época convulsa, sombría, velada de incertidumbres, en la que la alegría, el optimismo, la simpatía, la curiosidad y generosidad intelectuales, o la simple cordialidad se ven como algo reaccionario o solo banderizo, y lo que se lleva con fruición es el sectarismo y el vivir de manera feroz en enemigos irreconciliables. Y junto a lo anterior, la capacidad de deslumbramiento, de maravillamiento, propias de grandes viajeros, como el suizo Bouvier, mantenidas vivas y reivindicadas cada vez de manera más firme conforme se acercaba el fin de su vida. D’Ormesson demostró que se podía defender con firmeza las propias ideas –de un conservador gaullista con muchos giros de librepensador liberal en su caso–, y tender la mano a diestra y siniestra.

Lástima que haya sido tan poco publicado en castellano, pero lo suficiente para conocer cuando menos su obra novelesca: la trilogía compuesta por Todos andan locos por ella, El viento de la tarde y La felicidad en San Miniato, El judío errante, La gloria del imperio… Novelas en las que con fortuna se mezcla la autobiografía y la fantasía histórica, pero insuficientes para conocer al pensador de obra ensayística muy copiosa.

“A D’Ormesson no había que leerlo porque era de derechas y representaba a la burguesía no ya conservadora, sino reaccionaria, que leía Le Figaro, cuando no se sabía distinguir el conservadurismo liberal europeísta del nacionalismo autoritario de mala traza.”

D’Ormesson es otro ejemplo de cómo un estricto valor literario queda ensombrecido por unas ideas políticas, un éxito mediático –indudable en su caso– y una posición social de privilegio: académico, alto funcionario, director de un periódico, orígenes aristocráticos…. Autor de referencia para lectores de Le Figaro y denostado por una izquierda ilustrada que se resiste todavía a concederle su valor literario, y al final bandera de facción y fronda literaria. D’Ormesson fue más que eso y más que un elegante y sonriente adorno de la sociedad literaria que sabía brillar en el arte de la conversación, un personaje inevitable de la vida pública y del beau monde. Pienso en todos los volúmenes de recuerdos, apólogos, pequeños tratados o breviarios (por utilizar el término de Pascal Quignard) escritos por el filósofo, el historiador y por el poeta que se escondía en la pasión por la literatura y los versos ajenos.

De sus páginas memorialísticas se deduce que salió indemne de todas las trapisondas políticas periodísticas, literarias, académicas, de su época, en las que estuvo presente, con un bagaje de más amistades –confesó haber tenido «relaciones tumultuosas», con François Mitterand– que enemistades, que las tuvo. Páginas esas en las que cuando habla de sí mismo lo hace con una ligereza con la que se hace perdonar hasta la falsa modestia. Estilo y discreción.

Jean D'Ormesson o el arte de la dicha 1

Jean d’Ormesson feu elegido por la Academia Francesa a la edad de 48 años. En 1980, él defenderá la candidatura de Marguerite Yourcenar quien se convertirá en la primera mujer elegida por la Academia. | Foto vía 20minutes.fr

 

Olvido la agria y turbia polémica que tuvo con Jean Ferrat a propósito de su canción Un air de liberté y la guerra de Indochina  y de la que me acuerdo cada vez que la escucho. Leo a D’Ormesson y escucho a Ferrat cuando canta a Louis Aragon.

Entre las devociones literarias de D’Ormesson estaba Louis Aragon y estaba Paul Morand, con quien tuvo una amistad estrecha, a juzgar por las entradas del Journal Inutile y por las referencias que l’homme pressé hace en su correspondencia con Jacques Chardonne. A Morand le gustaban mucho los artículos de D’Ormesson en Arts, el semanario de referencia de la época de los Hussards –«la cultura de la provocación», entre 1952 y 1966– con los que tuvo relación, aunque no formara en su escuadrón: Roger Nimier, Antoine Blondin, Jacques Laurent, Michel Déon… y el crítico Bernard Frank al fondo, con quien no se llevaba bien (me temo que se perdonaban mutuamente la vida). Morand tuvo en mucha estima a D’Ormesson y fue él quien le incitó a presentarse a la Academia.

A D’Ormesson no había que leerlo porque era de derechas y representaba a la burguesía no ya conservadora, sino reaccionaria, que leía Le Figaro, cuando no se sabía distinguir el conservadurismo liberal europeísta del nacionalismo autoritario de mala traza. Citarlo era hacerse sospechoso de tibieza o de complicidad. Pero Pour-quoi pas… ¿Por qué retirar a un escritor por sus ideas políticas al anaquel de los réprobos e ilegibles? La literatura es otra cosa, no se puede cercenarla de esa manera y reducirla a la lectura sectaria y militante. Eso es limitarse mucho, cuando el mismo autor estaba en un envidiable lugar por encima de capillas, cenáculos y hasta partidos, por mucha fidelidad gaullista que tuviera… Bien es verdad que prefería los salones mundanos, cuya necrológica escribió. Curiosas las «necrológicas» de D’Ormesson a las casas familiares o solariegas, como cepo, por ejemplo. En su elogio fúnebre, Jean-Marie Rouart, «uno de mis amigos más cercanos y queridos», le calificó de «agnóstico social».

“Todo D’Ormesson está en esos breviarios éticos de balance vital y de celebración de la existencia, de gratitud por estar vivo, en su propuesta de no renegar de la dicha del vivir, por muy sórdido que sea el mundo, que lo es, y la época que nos haya tocado vivir.”

En 2003, D’Ormesson, oteando el final, escribió el que es para mí uno de sus libros mayores, C’était bien, pero el fin estaba más lejos y aun tuvo tiempo de ver publicado sus memorias de título significativo Je dirai malgré tout que cette vie fut belle y su Guide des égarés, título que toma prestado a Maimonides… ¿No será el extravío una clave de nuestra época? Todo D’Ormesson está en esos breviarios éticos de balance vital y de celebración de la existencia, de gratitud por estar vivo, en su propuesta de no renegar de la dicha del vivir, por muy sórdido que sea el mundo, que lo es, y la época que nos haya tocado vivir. No es fácil. Es más fácil ser un manso bobalicón o un negruras aferrado al aluvión de desastres y tragedias del presente y del pasado, que encontrar un equilibrio humano entre unas y otras temperaturas vitales.  Lo fuera o no, en su obra se muestra como un cristiano profundamente creyente y esperanzado, un hándicap añadido para un público que se aferra con petulancia al zafio «han mandado retirar».

No es difícil rastrear la influencia de D’Ormesson en autores de los ochenta, en su gran valedor Rouart por ejemplo, y en otros, como Pierre-Jean Rémy y hasta Gonzague de Saint-Bris. Tampoco es difícil rastrear quién fue el artífice de que se le tradujera y publicara en España: Carlos Pujol, a quien entre líneas de El judío errante o de sus sagas familiares, veo: novelas históricas las suyas no, la historia como novela vivida y como invención, territorio del «cabe imaginar» genuino. D’Ormesson sabía de qué hablaba y podía jugar con ello, dioramas de época en los que figuras literarias, dramas históricos, recuerdos familiares se mezclan con fortuna. Puede que las suyas sean novelas que ya no se escriben, pero al margen de ser leídas por conjurados de la literatura, su propuesta vital es todo un reto: el júbilo por encima de todo.

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