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Jesús y los gramáticos

Foto: Romeo Ranoco | Reuters

Leemos en el Evangelio de Juan que Jesús, tras pasar la noche en el Monte de los Olivos, se dirigió al templo de Jerusalén. Cuando lo vieron los “gramáticos” –así llama Juan a los intérpretes de la ley-, le llevaron una mujer que había cometido adulterio, la pusieron en el centro y le preguntaron qué castigo merecía. Jesús se inclinó y aparentó escribir algo sobre el suelo con la yema del índice. Como los gramáticos insistieron, levantó la cabeza y les dijo: “Aquel de vosotros que esté sin pecado, que tire la primera piedra.” Y continuó trazando grafías en el suelo. Los gramáticos se retiraron, “empezando por los más viejos”, dejando a la mujer en el centro. Jesús se puso de pie y mirándola de frente le dijo: “Si nadie te ha condenado, yo tampoco te condeno”.
Jesús, que según Juan es “logos” (el discurso) hecho carne, parece jugar con la escritura e impugnar el cincel que grabó sobre la piedra la ley de Moisés. En los evangelios, para sorpresa de judíos y musulmanes, no hay leyes. Tanto es así que Pablo asegura a los gálatas que para ser cristianos lo que tienen que hacer es llevar “los unos las cargas de los otros”. Allá donde los judíos tienen la tora y los musulmanes, la sharia, el cristiano tiene la vida de Jesús.
Frente a la mujer adúltera, Jesús parece decir que no es la ley la que debe juzgar a las personas, sino las personas a la ley, porque el dolor y la vergüenza no son visibles para la ley, sino para las personas.
El cristianismo es una religión tan extraña que nos pide que veamos el infinito en el rostro de una acusada por los guardianes de la ley, invitándonos así a forzar los límites de la ley con las demandas ilimitadas del humanismo. Le pide a la ley mucho más de lo que ésta puede dar de sí. Un ejemplo. En las discusiones sobre el velo islámico, el cristiano piensa en el rostro oculto de la mujer, el musulmán, en lo que dice un precepto antiguo.
Se ha dicho que el cristianismo es la religión de la salida de la religión. Lo indudable es que la Europa actual está impregnada de ideas cristianas que han olvidado su origen. Quizás por eso los europeos contemplamos indignados nuestra incapacidad para dar respuesta efectiva a las demandas morales que nos dirigimos. Como hemos dejado de ser cristianos, nos cuesta entender que el logos puede ser crucificado y nos dejamos llevar por un meloso masoquismo culto convertido en presente continuo, que nos hace sentirnos bien porque alimentamos un hambre que no tenemos manera de saciar.

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