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Juego de tronos

Hace tres o cuatro años, el presidente de mi periódico me aconsejó ver Juego de tronos para entender a Podemos. Como soy humilde y jerárquico, me metí la serie entre pecho y espalda a contrarreloj con sentimientos contrapuestos, ideas contrariadas y juicios contrarios, y aquí sigo, encima, esperando la próxima temporada, contradictorio. Tras pasar por el trance, he notado que ahora la opinión política, en general, y los de Podemos, en particular, han parado en seco de hablar de Juego de tronos. ¡Vaya por Dios! No se sabe ni si Felipe VI ha visto la serie que le regaló Iglesias.

Sin embargo, no voy a pedir explicaciones a mi jefe, porque, en realidad, la serie Juego de tronos está de más actualidad que nunca. Si no se la nombra, es por eso. Por pudor. Desde fuera y en plan profesor colega de Políticas, tenían gracia las analogías. Cuando se convierte en tu espejo, mejor correr un tupido velo.

La gran baza de Juego de tronos nunca fue la profundidad teórica ni su perspicacia psicológica, sino la puesta en acción (¡en juego!) de un laberinto de ambiciones por el poder tan desbocadas como envasadas al vacío en los compartimentos estancos y paralelos de los Siete Reinos. En la política española de hoy mismo, miremos donde miremos, vemos esas luchas internas por el poder de cada partido y en cada autonomía trufadas de traiciones, estrategias enrevesadas y contratretas. En Podemos, han salido de sus corrientes para meterse en su autobús; en el PSOE, se acercan las primarias; dentro del descompuesto independentismo catalán, todo es desconfianza y desazón… Con un añadido que también remite a Juego de tronos: andan tan embebidos de su propia ansia de poder que son incapaces de atisbar los verdaderos peligros. En el panorama español, pasma la poca conciencia del tablero movedizo e inflamable que es la política internacional; y todavía pasma más, si cabe, la nula preocupación por el bien común.

Hay, por supuesto, libros y series mucho mejores, pero la que retrata el panorama global de nuestra vida pública no podía ser demasiado excelsa. Si quieren teoría política de la buena, ahí está, sin salirse del laberinto de espejos del poder, el Maquiavelo para el siglo XXI (Ariel) de nuestro Ferran Caballero. Si prefieren escaparse a la gran literatura contemporánea, háganse con el último poemario de Miguel d’Ors, titulado Manzanas robadas (Renacimiento). No hallarán en él ni el más mínimo reflejo de nuestros políticos. De ésos que han dejado de hablar de Juego de tronos sólo para disimular.

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