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Julián Rodríguez: todo puede ser dicho

"En literatura todo puede ser comprendido, dicho. Cuidado con lo inefable". Parece mentira que haya muerto Julián Rodríguez, sí, pero incluso ese infarto puede ser dicho

“¿Cuántos libros habrá dejado de escribir por publicar los nuestros?”, se preguntó, emocionado, Luis Cernuda en 1959 ante la muerte de Manuel Altolaguirre, y algo muy parecido puede sentirse hoy tras la desaparición repentina, a sus cincuenta años y en su casa de la sierra de Segovia, del poeta, narrador, ensayista, editor y galerista Julián Rodríguez (Ceclavín, Cáceres, 1968).

Sucedió algo parecido cuando murió su amigo Félix Romeo hace ocho años: uno mira sus libros y, no siendo exactamente pocos, y siendo estupendos, no parece que terminen de dar cuenta de todo lo que Julián era, aunque sí muestran la diversidad de inquietudes y conocimientos que le impulsaban. Era un hombre como de otro tiempo, en dos sentidos: no sólo parecía levemente de otra época, incluso por su presencia, o por su intachable actitud…, sino que parecía un hombre de otro ‘tempo’, de otro ritmo, dueño de una forma distinta de ocupar la realidad, poseedor de claves sólo suyas para disfrutar de las cosas, aunque no le importaba en absoluto compartirlas.

Julián parecía siempre un paso por delante, pero lo hacía sin alardes, sin presunción, con una elegancia silenciosa y particularmente tímida que le hacía buscar siempre la tercera o cuarta fila, desde la que sin embargo nos descubría a los demás, con naturalidad, sin pompa, cosas sobresalientes. Mientras muchos se esforzaban por figurar, él se afanaba en seguir buscando, en no conformarse con lo ya leído, lo ya probado, lo ya visto. El fondo de la Editorial Periférica, que ha pilotado junto a Paca Flores, así como la memoria de sus galerías de arte, quedan como documentos estrictamente imprescindibles para intentar empezar a entender el vasto imaginario de Julián Rodríguez, y no sólo por lo que dice Manuel Borrás de que “la autobiografía de un editor es su catálogo”, sino porque ofrece el mejor testimonio posible de esa multiplicidad de hilos que atendía y manejaba. Por poner sólo algunos ejemplos realmente magistrales, ha apostado y asimilado definitivamente por un autor español tan interesante como Vicente Valero, ha encauzado la obra de un autor latinoamericano tan formidable como el colombiano Juan Cárdenas (lean, si no lo han hecho, Los estratos y El diablo de las provincias: son dos de las mejores novelas escritas en español en lo que llevamos de siglo) y ha recuperado textos tan conmovedores como El niño perdido de Thomas Wolfe o las nouvelles de Mary Ann Clark Bremer.

Pero, claro, quedan ante todo sus libros. En 2000 debutó con dos libros paralelos, los cuentos de Mujeres, manzanas y los poemas de Nevada, que de hecho fueron fundidos y revisados en 2010 en el volumen titulado Antecedentes. El prólogo de ese rescate ya es toda una explosión de lecturas bien asumidas y cultura borboteante, listas de nombres que se solapan y se superponen para añadir su voz, su influencia, su ascendencia, su presencia, su supervivencia en la literatura de Rodríguez.

Novelas posteriores fueron sucediéndose hasta llegar a la celebrada Cultivos, de 2008, libro de nuevo misceláneo que parecía abrir una nueva etapa en su obra, la cual, seguramente por sus responsabilidades editoriales, no acabo de desarrollarse, al menos ante el público. Después sólo dio a la imprenta dos entregas de un nuevo proyecto, Piezas breves (en la editorial Errata Naturae), en cuyas notas epilogales aclaró que se trataba, en el caso de Tríptico, de textos de 1998, mientras que en Santos que yo te pinte ensayaba una incursión bienhumorada pero erudita en la teología. En estos dos opúsculos se anunciaban también futuros libros del autor, como Fingirnos perfectos o Las formas que buscan el cristal, de los que nada se ha sabido después. A ver si lo sabemos algún día, pues no es difícil intuir que Rodríguez deja atrás numerosos textos inéditos.

En uno de los módulos narrativos de Cultivos, Julián dio dos buenos consejos para escritores: Uno es perfecto para candidatos a poetas: “Evitar, al sentarnos a escribir, la admiración por lo que no comprendemos”; el otro es más pertinente hoy: "En literatura todo puede ser comprendido, dicho. Cuidado con lo inefable". Parece mentira que haya muerto Julián Rodríguez, sí, pero incluso ese infarto puede ser dicho, junto a la sorpresa, la impotencia, el dolor de los suyos y nuestra rabia egoísta por todos los futuros libros que ya no nos revelará.

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