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Julio Ramón Ribeyro: la grandeza de lo pequeño

Foto: Municipalidad de Miraflores | Wikimedia Commons

Unamuno decía que lo actual no era precisamente lo presente. Lo actual es lo que actúa, y actúa todo lo que ha actuado y actuará. Si esto es así, la reedición reciente en Seix Barral de las obras más interesantes de Julio Ramón Ribeyro (sus cuentos, su diario y sus prosas apátridas) es una confirmación de la actualidad de uno de los grandes nombres de la narrativa hispanoamericana del siglo XX. Esto, sin contar con que es una excelente oportunidad para quienes no tengan la suerte de haberlo leído todavía.

A Ribeyro se le conoció poco, tarde y mal durante muchos años. Mientras sus compañeros de generación devoraban las mieles del éxito sesentero del Boom latinoamericano, este escritor peruano con fama de tímido veía cómo sus libros se publicaban en ediciones pobres y restringidas al público local. Cuando García Márquez, Fuentes o Vargas Llosa recibían premios, dispensaban entrevistas y negociaban con los más importantes agentes literarios, Ribeyro era el que se quedaba fuera de la foto. Su mala suerte con las traducciones de sus libros rozaba el escándalo. En su primera novela vertida al francés la editorial se equivocó de persona en la fotografía de la solapa y puso la imagen de un individuo de origen africano. Varios de sus mejores relatos ironizan sobre el éxito literario y la pervivencia de los libros en la memoria colectiva, lo que resulta lógico en alguien que vio pasar a algunos colegas suyos como trenes de alta velocidad en dirección a las mejores editoriales de la época.

Julio Ramón Ribeyro: la grandeza de lo pequeño 1

Foto: Planeta de Libros

Por esto tiene algo de justicia poética que Seix Barral, el sello donde se consagró Vargas Llosa y en donde Ribeyro intentó publicar en vano, ahora sea quien reedite La palabra del mudo (sus cuentos completos), La tentación del fracaso (su diario) y sus inclasificables Prosas apátridas. El pretexto es el cumplimiento de los noventa años del nacimiento del escritor peruano y los veinticinco de su fallecimiento. Este tipo de efemérides tienen sentido cuando se trata de recordar a los autores verdaderamente clásicos. Y este es el caso. Con el tiempo su obra ha adquirido una imagen clásica, esto es, que tiene siempre algo que decir a las generaciones posteriores. Podríamos decir con Unamuno que lo clásico tiene mucho que ver con la idea de actualidad. Ribeyro no es actual porque se hayan reeditado sus obras, sino que estas se publican hoy porque Ribeyro sigue actuando en la inteligencia y en la sensibilidad de sus lectores.

A Ribeyro le debemos el rescate inteligente de experiencias menudas, sin concesiones épicas ni grandilocuencia

Retruécanos aparte, deberíamos preguntarnos el porqué de su actualidad. Quizá la respuesta esté en la misma condición que Ribeyro quiso dotar a su escritura. Mientras el lector actual ya no sufre algunos mamotretos del Boom (¿se pueden leer hoy Cambio de piel o Terra nostra?), los relatos del escritor peruano ofrecen apuestas más seguras. Hay una pasión por la grandeza de lo pequeño en lo mejor que escribe. Sus cuentos, sus anotaciones del diario y sus fragmentos reflexivos forman una constelación de retazos de la vida cotidiana de gente común, con sus perplejidades y sus certezas, sus deseos y sus fracasos. Sus historias se someten a una estructura lineal y se fijan en personajes insignificantes por su grisura: oficinistas limeños, niños desahuciados por la miseria, muchachitas con aspiraciones intelectuales, pequeños propietarios de tierras, profesores solitarios, reclutas enfermos o jóvenes inmigrantes peruanos en la Europa hostil de la postguerra… La pequeñez de sus asuntos se sublima por el patetismo, la melancolía o el orgullo, sentimientos con los que el lector puede empatizar, identificarse. A Ribeyro le debemos el rescate inteligente de experiencias menudas, sin concesiones épicas ni grandilocuencia. Frente a la literatura de recetas y consignas, Ribeyro no tiene respuestas definitivas. Hasta los pequeños vicios como el del tabaquismo tienen espacio en su obra, como demuestra uno de sus mejores relatos, “Solo para fumadores”. Su protagonista, alter ego del autor, llega a abandonar la novela en la que está empeñado en escribir, debido a las dificultades que encuentra para conseguir cigarrillos. De esta forma asistimos a toda una reivindicación del tabaco como tema literario ya una indagación tragicómica del vicio de fumar. Las consecuencias son, por supuesto, nefastas, pero al protagonista y narrador le da igual. De hecho, supera toda clase de prohibiciones y una enfermedad que lo pone a la vista de la muerte para continuar sumergido en un hábito que es incapaz de vencer. “Escribir es para mí un placer complementario al de fumar”, dice el protagonista. Una declaración así puede confundir a más de uno en estos tiempos de corrección sanitaria. Pero la frase está muy lejos de frivolizar sobre el asunto, ya que fumar no es una actividad trivial o secundaria. Por el contrario, la actitud ante el tabaco esconde una rebeldía secreta y desarticula toda tentación de pactar con los mensajes bienintencionados que nos invitan como una obligación moral a cuidar al máximo nuestra salud corporal.

Julio Ramón Ribeyro: la grandeza de lo pequeño 2

Foto: Wikimedia Commons

Lo pequeño y lo inmediato conforman el medio en que Ribeyro se mueve a sus anchas

Si un escritor como Ribeyro, formado en la literatura de la modernidad ilustrada, puede llegar a calar, como de hecho sucede, en el lector de hoy, no es porque documente una realidad histórica peruana cada día más lejana en el tiempo, ni porque su apuesta por moldes realistas vuelva a ser un modelo narrativo hegemónico, sino porque puede ser leído desde otras circunstancias que lo actualizan y devuelven su obra como un patrimonio sabio y conmovedor. No hay en él ningún deseo de adoctrinar ni de explicar el mundo a la manera confiadamente decimonónica. Por el contrario, el realismo de Ribeyro elige la desconfianza. Desconfianza hacia los grandes programas de la literatura de vanguardia y descreimiento hasta del potencial utópico de la escritura. Lo pequeño y lo inmediato conforman el medio en que Ribeyro se mueve a sus anchas. Solo así se explica su tendencia al fragmentarismo y su escepticismo hacia los grandes relatos utópicos forjados en la modernidad, relatos formados en torno a grandes proyectos de una realidad cuya magnitud supera la experiencia cotidiana de los escritores. Mientras Gabriel García Márquez y Vargas Llosa imaginaron fabulosas naturalezas para nombrar América, Ribeyro, por usar su propia imagen, cultivó una maceta.

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