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Justa correspondencia

La fórmula expiatoria proferida por líderes políticos de todo el espectro “en campaña se dicen muchas cosas” da cuenta de lo difícil que resulta para el ciudadano sobrellevar el griterío público de las semanas y meses previos a la cita electoral. La sentencia acarrea una concepción infantil y descreída del votante español, infatigable en su constante demostración de mayoría de edad elección tras elección y siempre por delante del ensimismamiento partidista. Viejos y nuevos vociferan que el parlamento bicolor forma parte del pasado aunque es la ciudadanía quien muestra predisposición a asumir las consecuencias.

Prueba de ello la dan las imágenes de los partidos durante la noche dominical convocando a su militancia para celebrar lo que de ninguna manera puede asemejarse a una victoria futbolística. Una estampa tan obsoleta como alejada de la realidad de los ciudadanos y que, dicho sea de paso, los adalides del cambio y la renovación no han tenido a bien desterrar. Como el de la mayoría de los españoles, mi voto tenía poco que decir en una de las grandes disputas del 26J, a saber: el pronosticado ‘sorpasso’ al PSOE. Sin embargo, conscientes de las implicaciones de ser soberanos, el grueso de los electores sí tenía los ojos puestos en esa contienda y no tanto en si su opción había salido airosa o malograda. Una lección de sensatez antepuesta al sectarismo que los partidos llamados a entenderse harían mal en desatender.

Al calor de los resultados, el periódico británico ‘Financial Times’ destacaba que, contra la extendida tendencia europea, los españoles habían hecho retroceder al populismo con su respaldo a las formaciones ‘mainstream’. En efecto, el recuento de sufragios resultó excepcional por cuanto los ciudadanos hicieron de su cita con las urnas un dique de contención contra el revanchismo y no un pistoletazo de salida para la liquidación del consenso.

Por todo ello, se hace muy urgente que los políticos reflejen la madurez que los españoles demostraron acudiendo fatídicos a unos comicios a los que supieron dar la importancia que requerían. El escenario no es el mejor para un PP que debe avenirse a diferenciar la institución de la sigla, tampoco para Ciudadanos, llamado a abandonar su virginidad entrando a un gobierno decisivo, ni para el PSOE, que deberá liderar una oposición fuera de las trincheras y capaz de alcanzar acuerdos. Y, sin embargo, sí es una buen ocasión para que el conjunto del constitucionalismo aproveche la oportunidad brindada por los ciudadanos para forjar un amplio consenso cuyo punto de partida sea el compromiso con el proyecto común. Para, en definitiva, asumir con valentía que el reiterado rechazo a la tentación populista necesita cierta gratitud de vuelta.

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