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Justicia poética

"Esta gente que echa gasolina sobre los instintos humanos para su propio beneficio megalomaníaco merece lo peor que pueda pasarles"

Foto: UESLEI MARCELINO | Reuters

Hace muchos años habríamos creído cualquier cosa. La mujer, con tal de animar a su marido, había callado ante lo que vio en la consulta de aquel llamado profesional de la medicina que en lugar de mirar su historial médico, tomarle el pulso o la tensión, le dio una charla improvisada sobre los intereses maléficos de las farmacéuticas en mantener esclavos de sus tratamientos a los enfermos con cáncer, sobre la importancia de la propia mente en la recuperación, sobre los métodos alternativos que las farmacéuticas ocultan, o sobre cómo un preparado milagroso llamado Birm que costaba un dineral bajaría sus marcadores cancerígenos. Mientras yo era testigo espantada de la credulidad y de la esperanza del enfermo que había sido condenado a muerte por la ciencia, pasó aquel médico pagado de sí mismo, arrogante, verborreico, a contarle, precisamente, una fábula sobre la esperanza.

La historia era muy poderosa y le debía funcionar al tipo con todo el mundo. Un científico mete una rata en una cuba de agua. La rata nada y nada y se ahoga al agotarse, digamos, en tres horas. Después, se pone otra rata en la cuba y a las tres horas menos un minuto, una mano la salva. Al día siguiente, la misma rata que fue salvada in extremis es echada a nadar de nuevo por su vida y logra sobrevivir muchas más horas, pongamos seis, el doble. ¿Por qué? Porque la rata ha adquirido “esperanza”. La pobre aguanta porque cree a pies juntillas, entre brazada y brazada, en que reaparezca la mano que la salvó la primera vez. Ya.

La historia me revolvió el estómago pues entendí el modus operandi de esta gente. Convencer al enfermo, al cliente, al que paga, con una fábula inventada y disfrazada de ciencia, de que está en tu mano tu propia salvación o al menos, retrasar la fecha de tu muerte. No en manos de la ciencia estandarizada, no en manos de la molécula quimioterápica, no en manos del gobierno, no lejos de tus posibilidades. En tu mano, en la de tu tarjeta de crédito para comprar los productos milagrosos que te ofrecen. En la de tu confianza ciega en mí.

Esta gente que echa gasolina sobre los instintos humanos para su propio beneficio megalomaníaco merece lo peor que pueda pasarles. Yo te voy a salvar, dame tu dinero, pero te voy a salvar. Una mentira asesina que llegan a creerse pues el papel de salvador ha de ser real para cualquier ser endiosado que se precie.

La esperanza vendida como mercancía, acompañada de humo y terapias alternativas, solo le sirvió al paciente para gastar dinero y sentir que aún le quedaba algo de su propio poder sobre la vida. La realidad es que nunca tuvo ese poder. Nunca tuvo el poder de sanar su propio cuerpo condenado por el cáncer, el estadio del cáncer y el tipo de cáncer. El cáncer no se cura con esperanzas, ideas o placebos. No se controla con la mente. Te toca o no te toca. Das con un buen médico o no das. Te hacen el escáner a tiempo o no te lo hacen. Eres disciplinado hasta el milímetro en tus tratamientos y desgraciadamente te mueres o eres algo descuidado en tomarte las pastillas y dado que el cáncer era menos agresivo, vas y te salvas. Así es la cosa. No hay un control, un libro de instrucciones ni una esperanza interior salvadora. Tampoco se controla quién enferma de forma grave o crítica cuando se infecta con COVID-19. Te pasa o no te pasa.

Hay más infecciones en los tiempos de pandemia, como las infecciones mentales, los bulos y mentiras y, también, más vendedores ambulantes de lo suyo. Es lo que son Trump o Bolsonaro. A estos vendedores que compran votos diciendo lo que la gente necesita oír, que no hay tal pandemia, que esto es una gripecita, que ya está pasado lo peor o que lo peor nunca va a llegar me repugnan. Es una pena que no exista realmente la justicia poética, aunque tengo la esperanza de que eso no sea así del todo, pues la esperanza, ya sabemos, es lo último que se pierde. Son vendedores sin escrúpulos que culpan a los demás de todos sus males, sugiriendo conspiraciones chinas, de las farmacéuticas, del mundo que no son ellos o de cualquier índole. Son los líderes de las emociones retorcidas y es terrible ver cómo les aplaude la multitud mientras el virus invisible salta de unos a otros.

Ayer, viendo a Bolsonaro toser y dar manos y acudir a concentraciones masivas, me acordé de aquel supuesto médico, el de la rata, que cobraba a cien euros la consulta en un lugar cutre de la calle Fuencarral, donde unos teatreros ayudantes de blanca bata pasaban varas de metal cromado sobre el cuerpo de sus pacientes. Este fulano, que colgaba un título de medicina de la pared, explicaba fábulas sobre ratas nadadoras y se las creía para explicarlas cada día mejor, inundado de su propia infección megalomaníaca. Pero la historia tiene formas de cerrar los círculos, pues muchos años más tarde de aquel siniestro encuentro con el estafador de los humildes, me explicaron que aquel doctor fumaba como un carretero y que se había cogido un cáncer espantoso. Creyendo en sus propias mentiras, atrapado su ego en ellas, tal vez, había muerto por negarse a aceptar tratamientos tradicionales y creer a pies juntillas de manera obsesiva en su propia medicina. Nadie de su escuela holística-verborreica podía entenderlo. Había muerto a pesar de la esperanza, la lucha personal, el rechazo a las farmacéuticas y el milagroso Birm.

Creo que es un caso excepcional, este de la justicia poética. Creo que no existe como norma… pero a veces, sí, y es perfecto como fábula real, aunque no ayude en nada a traer de vuelta a los inocentes que fueron infectados por sus odiosas palabras.

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