Jose Balsa Barreiro

Justos y pecadores

Los medios internacionales hacen su particular lectura de los acontecimientos, posicionándose (en función de su línea editorial) a favor y/o en contra de los distintos protagonistas: Grecia y la Unión Europea (UE). Sin embargo, en vista de lo ocurrido, parece que los culpables están en ambos lados.

Opinión

Justos y pecadores

Los medios internacionales hacen su particular lectura de los acontecimientos, posicionándose (en función de su línea editorial) a favor y/o en contra de los distintos protagonistas: Grecia y la Unión Europea (UE). Sin embargo, en vista de lo ocurrido, parece que los culpables están en ambos lados.

Los acontecimientos de estos últimos días han convertido a Grecia en portada de todos los medios internacionales. Y esto a pesar de ser sólo un pequeño país (de unos 11 millones de personas) y no ser, ni de lejos, una de las principales economías del mundo (es aproximadamente la quincuagésima del mundo según su PIB).

El motivo que explica tal notoriedad hay que buscarlo en la grave crisis que sufre el país, cuyas consecuencias transcienden sus fronteras. De hecho, algunos políticos y economistas afirman que en la crisis griega está en juego el futuro, no sólo del país, sino también del euro (€) y de la Unión Europea (UE). Hay quien va más allá, como Paul Craig Roberts, subsecretario del Tesoro estadounidense en la Administración de Ronald Reagan (1981-1989), quien afirma que lo que ocurra en Grecia puede marcar los prolegómenos de una nueva guerra mundial.

Una revisión del coste de la crisis en el país no deja lugar a dudas. Grecia tiene una deuda pública de más del 175% de su PIB (en torno a 29.000 € per cápita) y un déficit difícilmente controlable que ronda actualmente el 3,5%, aunque durante los años precedentes ha sido superior al 10% de media. El país ha sido dos veces rescatado y ha tenido que reestructurar parte de su deuda, aunque todavía sigue siendo un país en riesgo, tal y como lo demuestra la estabilización de sus niveles de prima de riesgo por encima de los 1.000 puntos básicos (en torno a 1.400 estos últimos días). La traslación de estos macrodatos a la realidad social del país suponen una tasa de desempleo de un 25% (más del 50% entre jóvenes) y un índice de pobreza que no deja de incrementarse, afectando a tres de cada diez hogares y a más del 40% de los niños.

Los medios internacionales hacen su particular lectura de los acontecimientos, posicionándose (en función de su línea editorial) a favor y/o en contra de los distintos protagonistas: Grecia y la Unión Europea (UE). Sin embargo, en vista de lo ocurrido, parece que los culpables están en ambos lados.

El propio país y sus sucesivos gobiernos son los primeros culpables. Grecia es un país que tradicionalmente pide dinero prestado, aunque no es excesivamente incumplidor en sus compromisos de pago. Desde el siglo XVI, el país heleno ha llevado a cabo 6 reestructuraciones o defaults de su deuda, las mismas veces que EEUU, aunque menos que otros países como Alemania (8), Francia (9) o España (14).

Los orígenes de la crisis actual están en el incremento exponencial de sus niveles de endeudamiento durante las últimas décadas, sobre todo, a partir del año 2000. Los sucesivos gobiernos conservadores y socialdemócratas mintieron reiteradamente sobre los niveles reales de déficit fiscal del país, lo que levantó grandes desconfianzas en otros países y grupos inversores. Además, sus últimos gobiernos, marcados por altos niveles de corrupción sistémica, fueron muy laxos con la recaudación de impuestos y la huida masiva de capitales. De hecho, un informe de la compañía estadounidense Bloomberg afirmaba que la recaudación impositiva en Grecia en el año 2007 era de poco más de la mitad que la media europea (4,7% del PIB frente al 8%).

En los años previos a la crisis, los sucesivos gobiernos helenos se han movido entre la irresponsabilidad política y el despilfarro económico del dinero público. Sirva de ejemplo lo ocurrido en la organización de los JJOO de Atenas 2004 o el uso posterior que se hizo de sus instalaciones, hoy totalmente abandonadas. Grecia era (y sigue siendo) un país escasamente productivo, con un excesivo peso funcionarial y una estructura militar desorbitada (Grecia es el segundo país de la OTAN en gasto militar, destinando en torno a un 7% de su PIB a defensa, casi 5 puntos más que el promedio de los países de la UE). El otro culpable de la actual situación griega hay que buscarlo en la propia UE y todo el establishment asociado. Sus errores han sido muchos y muy graves desde el principio. La UE permitió entrar a Grecia en el euro (€) sabiendo que incumplía prácticamente todos los indicadores estipulados en el Tratado de Maastrich, forzando así a una unión monetaria frágil entre países con un bajo nivel de integración política y económica. Una vez dentro, ninguno de los mecanismos de control de la UE pudo percatarse del continuo falseamiento de las cuentas públicas del país. Llegada la crisis, una UE dependiente de inversores foráneos y fondos especulativos, ha aplicado unas recetas que claramente no han funcionado, llegando incluso a agudizar el impacto de la crisis en el país. De hecho, y a pesar de todo el dinero prestado en los dos rescates, Grecia ha visto reducido desde el inicio de la crisis más de una cuarta parte su volumen de PIB, mientras que el gobierno griego destina más de la mitad del dinero de sus rescates sólo al pago de intereses y a la devolución de préstamos.

Y ahora, en medio de toda esta crisis, la celebración de un referéndum el próximo domingo del que nadie se atreve a adelantar el resultado. El gobierno de Tsipras apela a su soberanía nacional mientras la troika lo considera un desplante a las negociaciones. Sea cual sea el resultado del referéndum, a Grecia le aguarda un futuro muy complicado. El gobierno heleno exige una reestructuración de la deuda mientras que un gran número de expertos internacionales asumen abiertamente que dicha deuda resulta ya inabordable.

El caso griego y la resolución de lo que allí ocurra marcarán un precedente para el resto de países que están en unas circunstancias semejantes. A día de hoy no se descarta ninguna solución al conflicto.

Todo lo ocurrido en Grecia ahora no es más que un nuevo capítulo en la actual tragedia griega, magníficamente resumida por el ex-primer ministro Andreas Papandreou (1981-1990 y 1993-1996): «Todo el mundo tiene que unirse a la lucha y ser consciente de que o la nación destruye su enorme deuda o la enorme deuda destruirá a la nación».

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