Julia Escobar

Kafka and Cía

«No creo descubrir nada nuevo al afirmar que los peores enemigos de esos escritores, por otra parte tan dispares, fueron ellos mismos»

Opinión

Kafka and Cía
Foto: Zach Lucero

Entre esas lecturas que se van postergando para algún momento de tranquilidad, tenía yo reservada la Carta al padre de Kafka. Era una especie de asignatura pendiente con ese autor pues cuando intenté leerla por primera vez, hace ya muchos años, me produjo un profundo desasosiego que ahora calificaría de decepción y que me obligó a dejarla.  Kafka escribió esta carta en 1919, cuando ya le habían diagnosticado la tuberculosis y aunque muchos analistas intenten hacerla pasar por ficción (o al menos por artificio) no es sino un ajuste de cuentas muy parecido al que cualquier adolescente (¡pero él tenía 36 años!) descontento con su vida y su destino puede hacer a su aburguesado progenitor que desea que el joven artista se dedique a los negocios familiares y se libere del gusanillo del arte.

Si este fuera el único texto que quedara de Kafka, o el único que yo hubiera leído, no podría sino volver a sentir la primitiva sensación.  Ahora bien, como esto no es así, esa carta al padre se convierte en una verdadera mina para entender la estética kafkiana, del mismo modo que la Correspondencia de Rimbaud con su madre (que tanto ha decepcionado a muchos incondicionales del poeta) ilumina de manera especial su dedicación a la literatura.

No creo descubrir nada nuevo al afirmar que los peores enemigos de esos escritores, por otra parte tan dispares, fueron ellos mismos. Hasta en su desasosiego y su angustia ambos son terriblemente modernos. Si los comparo es porque encuentro que hay entre ellos una genealogía, voy a llamarla estética, basada en su fracaso familiar y vital, como si fuera cierto que vida y arte fueran incompatibles. Pero no como pensaban los románticos o los malditos (el arte como enfermedad) sino de una forma más prosaica, tal como se demuestra en Robert Walser a quien Kafka debe mucho y a tantos otros cultivadores de la estética del fracaso y tal vez del desdén. Es imposible estudiarlos sin recordar a Freud, sin analizar la frustración y el miedo de estos artistas concretos al padre (Kafka) y a la madre (Rimbaud) (y aquí podríamos añadir a un tercero: Baudelaire también hacia su madre), por mucho que le reviente a Nabokov, que detestaba el psicoanálisis.

No quiero insistir en la analogía entre autores tan dispares como Rimbaud y Kafka, pero es que parece como si los dos, cada cual a su manera, se complacieran en ser unos inútiles y unos fracasados. Lo tienen todo para triunfar, bienestar material, estudios, y lo tiran todo por la borda en aras de algo que ni siquiera pueden definir pero que acaba siendo su obra. Ambos parecen conscientes de lo que hacen, pero no pueden luchar contra ese elemento autodestructivo del que se retroalimentan. Eso se plasma en muchos de los cuentos «kafkianos», en particular en «Josefina la cantora», donde Kafka plantea con toda su crudeza la (dis)función social del artista.

A Kafka le ha pasado, mutatis mutandis, lo que a Cervantes: se le ha interpretado según el espíritu de la época. Como recuerda Marthe Robert, gran especialista en Kafka, y tal vez por culpa de sus traductores, este autor ha tenido que pasar por muchas lecturas para llegar a singularizarse, desde la seriedad casi teológica con la que se enfrentaban los primeros exegetas con sus textos, hasta la explosión de ironía, angustia y humor que recorre ya para siempre sus páginas.

Hace casi treinta años se hizo una nueva edición de sus obras en alemán, que se supone definitiva y conllevaría una nueva traducción a diferentes idiomas. Entre otros, al español. La editorial encargada de tan importante misión entre nosotros fue Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, que la inició en 1999 dirigida por Jordi Llovet. Los traductores elegidos fueron Miguel Sáenz, Joan Parra Contreras, Juan José del Solar y Adan Kovasics. Fue una suerte contar con ellos, y con esa labor editorial para poder acceder a los sin duda importantes hallazgos textuales incorporados a esta edición. Sin embargo, personalmente sigo aferrada a mis viejas traducciones pues creo, junto a otros lectores impenitentes, que una obra que te ha causado un verdadero impacto siempre se la vuelve a leer en la edición en que lo hiciste la primera vez, incluso con sus posibles carencias y defectos.

Ocurre muy en particular con la poesía. Un amigo mío oyó recitar poemas del Romancero gitano de Lorca a un grupo de franceses que se lo sabían de memoria. Pero él no reconoció los versos que conocía tan bien porque esas personas repetían una traducción francesa considerada canónica. Y lo hacían con el mismo entusiasmo y la misma convicción que si se tratara de las palabras y ritmos originales, hasta tal punto la traducción es, muchas veces, un acto de fe. Por eso las traducciones se resisten más a los cambios lingüísticos que la lengua materna (muchos escritores de vanguardia son muy conservadores traduciendo) y por eso se tarda tanto en volver a traducir a los clásicos con cierto éxito. Como decía Unamuno «las lenguas son en todo rigor intraducibles, pero no impenetrables».

A mí me pasa con Shakespeare, con Pessoa (hasta que aprendí portugués), con Kavafis, y también con Kafka.  Sin contar con que, en el caso de Kafka, se ha cometido el, para mí, tremendo error de cambiar los títulos.  Que lo hagan en la lengua de origen podrá tener sentido, si son fiables los datos según los cuales Max Brod, el albacea de Kafka, no respetó la voluntad de éste para la titulación de sus obras, pero hacerlo en español es tan innecesario como perjudicial.

La traducción es opción y ninguna es ni más ni menos válida o verosímil que cualquier otra (siempre que sea sinónima y acertada), por lo cual vendernos a estas alturas de la recepción textual La metamorfosis como La transformación, América como El desaparecido y otra serie de revolucionarias propuestas, es incluso perjudicial pues los primitivos títulos se han incorporado, de manera indeleble, a lo que se conoce como «el imaginario» del lector español. ¿No se desconcertarían ustedes si un amigo les dijera de pronto: «¡Algunas mañanas me siento como el tipo ese de La transformación de Kafka!»?

Y, de hecho, en los repertorios bibliográficos actuales, los nuevos títulos llevan entre paréntesis los anteriores.

Pero esto es una apreciación subjetiva. Sin duda, las nuevas generaciones de lectores acabarán beneficiándose de estas oportunas correcciones. Tal vez puedan comprender mejor a ese artista que escribió siendo un perfecto desconocido para sus contemporáneos y que, con el tiempo, se ha ido convirtiendo en un referente cultural internacional y en una metáfora en todas las lenguas.

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