Juan Claudio de Ramón

Karl Marx me cae mal

El número de este mes de Letras Libres, la excelente revista cultural que en España dirige Daniel Gascón, viene dedicado a la vida y el legado de Karl Marx, de quien se celebra el segundo centenario de su nacimiento. He comprado la revista, pero he puesto cuidado en no leerla, sobre todo porque no quiero que la lectura de especialistas que saben más que yo me chafen –al menos por ahora– la opinión que hace tiempo me hice del personaje: Karl Marx me cae mal.

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Karl Marx me cae mal
Foto: KURT STRUMPF
Juan Claudio de Ramón

Juan Claudio de Ramón

Se licenció en derecho y en filosofía. Su máxima aspiración es alcanzar el ideal de tertuliano propuesto por Catón el Viejo: vir bonus dicendi peritus; un hombre honesto que sabe hablar.

El número de este mes de Letras Libres, la excelente revista cultural que en España dirige Daniel Gascón, viene dedicado a la vida y el legado de Karl Marx, de quien se celebra el segundo centenario de su nacimiento. He comprado la revista, pero he puesto cuidado en no leerla, sobre todo porque no quiero que la lectura de especialistas que saben más que yo me chafe –al menos por ahora– la opinión que hace tiempo me hice del personaje: Karl Marx me cae mal.

Cierto: no soy un experto, ni siquiera un aficionado a la literatura marxista. Pero dado que todos respiramos, nolens volens, un aire cultural en buena medida creado por Marx en el matraz de su socialismo científico, acaso no sea un atrevimiento injustificado el arriesgar una opinión. Lo dijo alguien y estoy de acuerdo: Marx no es infalible, es inevitable. Como todos, algo he leído, claro. El Manifiesto dos o tres veces, La critica del programa de Gotha, el 18 Brumario, la crucial nota preliminar a su Contribución a la Crítica de la Economía Política, una biografía corta, y bastante bibliografía secundaria. Más importante es haber cumplido algunos ritos de paso de la adolescencia engagé y con ínfulas: visitar su casa-museo en su Tréveris natal, y su tumba en el cementerio de Highgate en Londres y haber mantenido alguna pretenciosa discusión sobre el concepto de plusvalía en el patio del colegio.

No voy a negar al barbudo ser el autor de perdurables calas en materia económica y sociológica, a veces de una sagacidad deslumbrante. Tampoco me meteré en el debate de si es equitativo o no atribuir a Marx el haber sido el primer roturador de la rastrojera ideológica donde yacen cientos millones de muertos del impío siglo XX. Porque incluso absuelto de ese cargo seguiría creyendo que su influencia ha sido nefasta para nuestra cultura, e incluso también para las clases trabajadoras de este mundo. Por esta razón: Marx no inventó la izquierda, aun menos la compasión o el igualitarismo, pero sí fue el principal responsable de inyectar en la izquierda una dosis de escolasticismo de la que todavía no se ha recuperado. Desde Marx hubo dos izquierdas: una pragmática y antidogmática –la que no era marxista– y otra doctrinaria y pedante, cuyo primer objetivo fue y sigue siendo desacreditar a la primera, negarle sus credenciales de izquierdismo y dividir el campo de los progresistas. Con Marx vino la pureza, con la pureza, la intransigencia, y con la intransigencia, la apuesta por el cuanto-peor-mejor. A doscientos años vista sabemos que hay más verdad científica en el socialismo utópico de Saint Simon y su «ayudaos a prosperar» que en la jerigonza politécnica heredada de Marx y sus epígonos. La irresistible tendencia a fetichizar palabras satánicas (capital, neoliberalismo, libre comercio, etc.), la dificultad para abordar los problemas con una mentalidad fresca y funcional y, sobre todo, la prédica del conflicto por encima de la cooperación: he ahí el principal legado de Marx y el tipo de izquierda escolástica que su apostolado alumbró. Por todo ello, reitero, Karl Marx me cae mal.

Ahora sí, tras este espero no demasiado maniqueo desahogo, me puedo poner a disfrutar el Letras Libres de este mes. Lo peor –lo sé– es que lo voy a encontrar todo fascinante.

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